sábado, 21 de abril de 2012

LA NOCHE DEL ACERTIJO (1ª parte)




            Me encontraba alojado en el Hotel Hydropolis, el primer hotel submarino dotado de toda clase de lujos; y no por placer precisamente, pues los accionistas habían decidido contar con mi experiencia como biólogo marino.  La primavera en Dubái se presentaba bastante calurosa, la afluencia de clientes obligó a ocupar todas las habitaciones, incluida la 220, la “habitación maldita”, como solían llamarla todos. La primera y única vez que fue ocupada se encontró al huésped tendido en la cama, sin vida. El forense diagnosticó, como causa probable de la muerte, el miedo. Desde entonces se venía especulando con la idea de que la habitación estaba encantada, y que espíritus del más allá poseían a todo el que la habitaba. Algo difícil de creer para un hombre de ciencias como yo. El afortunado en ocuparla, por la módica cantidad de quince mil euros diarios, fue sir Jeremy Brown, un caballero inglés, alto, enjuto, de rostro inexpresivo y modales exquisitos.  Habíamos llegado a la par, pues por cuestiones que no interesan a nadie, excepto a mí, salí del hotel; lo vi en la entrada, todavía en tierra firme, esperando coger el tren que nos llevaría por un túnel hasta la recepción. Allí lo esperaban, el botones se encargó del equipaje y la recepcionista le entregó un sobre que contenía todas las claves para acceder a los servicios que prestaban, podía elegir entre introducir los códigos o decirlos de viva voz directamente.
A las seis en punto introdujo un código de voz para desbloquear la puerta de acceso a la habitación y poder franquear la entrada. Yo ocupaba la habitación 218, cuya puerta quedaba justo enfrente.
            A las siete en punto salió de la habitación para cenar en el restaurante. Estaba embelesado con las vistas que ofrecían los enormes ventanales situados en los pasillos, 260 hectáreas dedicadas al mundo submarino con especies únicas de colores inimaginables. Después de una copiosa cena se dirigió de nuevo a su habitación. Una de mis aficiones era fijarme en las personas y adivinar cómo eran por su lenguaje corporal. De sir Jeremy deduje que era un tipo ecuánime, introvertido y maniático.
            A estas alturas te preguntarás porqué estaba tan pendiente de este hombre, pues por la sencilla razón de que ocupaba la “habitación maldita”  y, aunque me consideraba un escéptico para estos temas, no podía evitar que la curiosidad o el morbo, llámalo como quieras, poseyeran mi razón en contadas ocasiones. Fue por esto que lo vigilé desde su llegada. Esperaba impaciente el desarrollo de los acontecimientos.
            A las diez  y veinticinco minutos salió otra vez de la habitación, algo había sucedido allí dentro, sir Jeremy estaba pálido, el nudo de su corbata torcido, no caminaba en línea recta y pasó sin echar un vistazo al espectáculo marino que se le ofrecía. Lo seguí hasta el bar, pidió un whisky que tomó de un solo trago, a una señal, el camarero volvió a servirle otro. Tal vez pensaba ahogar en el alcohol lo sucedido. Lo abordé sin pensarlo, pero es que suelo ser bastante directo.
―¿Se encuentra usted bien? ―solícito me acomodé a su lado.
―¿Cree usted en el más allá, en la vida después de la muerte? ―por lo visto él era más directo que yo, me sorprendió tanto la pregunta que no supe qué contestar ―. Creo que la muerte puede marcar el descanso de las almas ―continuó hablando mientras miraba al frente,  a un punto inexistente ―. Una de estas pobres almas me ha pedido que la libere.
―¿Aceptó hacerlo? ―la curiosidad me estaba matando, tenía tantísimas preguntas que hacer, que no hubiera bastado toda una noche para formularlas y obtener respuestas.
―¿Realmente tenía elección? ―Tras un incómodo silencio en el que apuró su copa y volvió a pedir otra que empezó a beber con la misma avidez, me miró fijamente a los ojos ―. ¿Me ayudaría usted?
―Por supuesto ―No tuve que pensarlo, estaba ansioso por ayudar tanto a un hombre que había vivido una experiencia paranormal, como a un hombre que podía estar al borde de la locura.
            Con una escueta explicación de los hechos, en los que una especie de ectoplasma le había hablado, me puso al corriente. El cuerpo del fantasma estaba escondido en la habitación 220, era una mujer joven a la que su esposo dio muerte, quería venganza y que su historia saliera a la luz. Pero se nos planteaban dos problemas,  por una parte debíamos resolver un acertijo; y por otra, sólo teníamos hasta el alba, sir Jeremy perdería la vida en caso de que no se resolviera, era el precio que tenía que pagar por haber alterado el descanso de los muertos. El reloj marcaba las dos y cuarto de la madrugada, contábamos con escasamente cuatro horas hasta que amaneciera y dos frases que una voz de ultratumba dejó flotando en la habitación: “Pasó hace un año” y “Fíjate en la luz”.

jueves, 12 de abril de 2012

CUESTIÓN DE SEXO


Allí tenía a Gloria, desnuda y dispuesta para él. Pero Martín amaba a Rita, la mujer por la que había abandonado los votos que un día hiciera a Dios. Su relación con Rita iba cada vez mejor, no sólo la amaba, la adoraba. Había llegado el momento de dar un paso más, de culminar sus sentimientos tanto con sus almas como con sus cuerpos. La presión era enorme, no había estado nunca con una mujer y Rita tenía bastante experiencia, una mujer tan bella, con ese cuerpo de curvas perfectas, esos labios dulces, esos ojos rasgados… No le importaba cuantos hombres pudieron disfrutarla, pero sí ser el último que lo hiciera. Gloria le ayudaría, no le pesaba haber gastado parte de sus ahorros en ella.
Tumbada en la cama lo esperaba Gloria. Después de haber visionado varias películas eróticas, desechó las porno por herir su arraigada sensibilidad, decidió poner en práctica lo que había aprendido. Untó con nata la comisura de los labios de Gloria y pasó la punta de la lengua con cuidado, mientras que con las yemas de los dedos le acariciaba el cuello, los hombros y los brazos hasta llegar a las manos. Ella permanecía quieta, dejándose hacer. Los preliminares tenían que ser perfectos, no quería perderse ni un centímetro de su piel, la recorrería toda, el sólo hecho de pensar hacerle eso a Rita le provocó una erección. Trazó un camino de besos húmedos, desde el cuello hasta los pechos, dibujando la redondez de su volumen con la lengua. Se detuvo bastante tiempo en los pezones, primero succionó uno y después el otro, mientras que sus manos recorrían la longitud de sus piernas. Bajó muy despacio por la planicie de su vientre hasta llegar al centro de su femineidad, lamiendo una y otra vez, preparándola para recibirlo. La penetró lenta y profundamente. Emprendió un ritmo acorde a sus necesidades, tenía que aguantar, hacer que ella se sintiera satisfecha. Minutos después no pudo más, el clímax llegó, temblando dejó caer su peso sobre Gloria. La miró agradecido, era la primera vez que la usaba y la experiencia había sido muy satisfactoria. Cogió las toallitas húmedas que guardaba en la mesita de noche y la limpió con mucho cuidado. Después, abrió una de las puertas del armario y la metió dentro, presionando para que no saliera, no quería desinflarla, no todavía, y menos después de lo que habían compartido.


jueves, 5 de abril de 2012

MIENTRAS TE ESPERO




En brazos de la oscuridad te espero, mis ojos pasean por la habitación mirando sin ver. Ahora no consigo despejar la mente, la noto saturada y vacía, te necesito tanto… Apoyada en el cabecero de la cama sigo esperándote, el ordenador en mis piernas cruzadas y la tenue luz que desprende la pantalla crean el ambiente propicio para tu llegada. Te fundirás conmigo y seremos uno. Alimentando mis fantasías creceremos. Con pasos silenciosos te acercas, por fin estás aquí. Unas veces te demoras más que otras pero lo importante es que nunca me abandonas. Así llega hoy mi inspiración.


jueves, 22 de marzo de 2012

EL VIAJE



            Subí al autobús el primero. Desde mi posición pude observar como diferentes personas iban ocupando sus respectivos asientos. No éramos muchos, quince en total. El lugar al que nos dirigíamos estaba poco habitado, un pueblo perdido entre montañas que no aparecía en la mayoría de los mapas. Recordaba haber realizado el mismo viaje varias veces al año en la misma línea y a la misma hora.
            Observé con detenimiento al conductor, unas gotas de sudor recorrían su frente a pesar de estar el aire acondicionado puesto. Me fijé en una pareja de ancianos que no paraban de discutir. Una madre debía contar una historia muy interesante a su hija porque la niña la miraba embelesada. Tres jóvenes discutían acaloradamente de fútbol mientras que las tres chicas que los acompañaban hablaban entre ellas amistosamente. Un matrimonio de mediana edad, sentados en primera fila, intentaba charlar con el conductor en tanto arrancaba el vehículo. Y ella. Siempre ella. Allí sentada. Con la cabeza vuelta a la ventanilla y la mirada perdida en el horizonte.
            El viaje transcurrió tranquilo y lento. Sólo faltaban unos kilómetros para llegar a nuestro destino, siempre y cuando cruzáramos con éxito un tramo peligroso al que llamaban “la cañada de la muerte”. Muchas personas habían fallecido allí, de ahí su nombre. Estábamos justo atravesándolo cuando un grito desgarrador salió de la garganta del conductor: “¡Otra vez no! Fue cuando ella se levantó y me tomó de la mano diciendo: “Vamos mi amor, ya hemos visto esto demasiadas veces“. No sé donde me encontraba, en el autobús no, éste yacía despeñado con trece pasajeros muertos, los únicos que adquirieron sus billetes.

miércoles, 14 de marzo de 2012

EL EQUÍVOCO CONCEPTO DE NORMALIDAD



No finalicé mi relación con Marcelino porque dejara de amarlo. Ni por su escatológica profesión, trabaja en una funeraria. Lo hice porque dejé de considerarlo normal cuando me propuso realizar una de sus fantasías sexuales. Hacía poco la empresa había adquirido un nuevo coche fúnebre y a él no se le ocurrió otra cosa que proponerme “estrenarlo”. Tan pesado se puso que en un arranque le dije: “Ahí te quedas”; de esto hace un año ya.
Después de estar con un chico que no pasaba desapercibido, que no llegaba al metro noventa porque le faltaban tres centímetros, que no lo elegían rostro del año porque no era famoso y que no necesitaba ir al gimnasio porque su tipo era envidiable, lo tenía complicado para encontrar a alguien que estuviera a la altura de mis expectativas. Inmersa en esta particular búsqueda apareció Abel, la antítesis de Marcelino, pero el contraste de carácter: tan dulce, tan atento y tan normalito, abrió un dique en mis sentimientos. Tras varias citas había llegado el momento de culminar nuestro affaire.
Me invitó a su casa con la excusa de preparar la cena. Elegí cuidadosamente mi indumentaria, sobre todo la lencería. Con ayuda del GPS llegué a una urbanización en las afueras. La ausencia de farolas me obligó a sacar una pequeña linterna abandonada en la guantera. Busqué el número trece, pulsé el timbre y esperé dando pequeños saltitos, en uno de ellos mi única iluminación salió disparada. Al agacharme para cogerla se abrió la puerta, encontré los intensos ojos verdes de un gato negro a la altura de los míos. Me incorporé tan rápido y con tan mala suerte que impacté contra Abel.
―¡Ay! ―se frotaba la frente.
―Lo siento, fui a recoger la linterna y el gato me asustó, y… Déjame ver ―solícita lo acerqué a la luz para ver si estaba herido.―No tienes nada pero si quieres ponemos hielo para que no se hinche.
―No te preocupes, exageré un poquito porque me gusta que me cuides.
Sonreí. Él se acercó, tomó mi rostro entre sus manos y me besó dulcemente pero enseguida nos encendimos. El beso se hizo más profundo, las manos empezaron a recorrer los cuerpos y la pasión desbordó nuestra serenidad. Le quité la camisa y lo empujé contra la pared mientras él desabrochaba mi blusa.
―Aquí no, vámonos a la cama ―me susurró al oído mientras dibujaba mi oreja con su lengua.
Sin despegarnos recorrimos un largo pasillo hasta llegar al dormitorio. Nos dejamos caer en la cama en una oscuridad total. Abel, a tientas, sacó un mechero y encendió dos velas. Fue cuando lo vi, un enorme crucifijo negro colgaba de la pared, justo encima del cabecero de la cama, con dos largas cadenas colgando.
―¿Y eso? ¿Atas a tus amantes al cabecero? ―bromeé.
―Alguna me lo ha pedido, pero no. Podría caerse la cruz.
Recordé el cuadro del dormitorio de Marcelino: “El sueño de la esposa del pescador”, donde una mujer desnuda era excitada por un pulpo. Lo raro que me pareció en su día y ahora el crucifijo superaba esa sensación.
De pronto me fijé en un enorme ángel, casi a tamaño real, que nos miraba desde la pared de enfrente, con sus enormes alas desplegadas y muy bien dotado, no podía dejar de mirar sus atributos. Todo esto mientras Abel se deshacía de la ropa.
―¿Eres muy religioso, no? ―Intenté conocerlo mejor antes de precipitarme a una relación más íntima.
―Sí, pero no te preocupes, no creo que sea pecado lo que estamos haciendo ―susurró.
El contraste de luces y sombras no me dejaba observar todos los adornos de la habitación. Un cuadro me llamó la atención, enfoqué todo lo que pude y vi enmarcados dos pequeños trajecitos. Parecían de época, de ambos sexos.
―¡Qué original! ―exclamé ya un poco agobiada―. ¿Los has puesto ahí porque le quedan pequeños al ángel? ―mientras preguntaba señalaba la enorme figura.
―No, los tengo de recuerdo. Eran para mí.
―¿Para ti? Te lo pusieron de pequeñito.
―No, tuve suerte, estaban diseñados para los bebés que nacían muertos, les ponían esos trajes y les sacaban fotos.
Por primera vez comprendí lo que significaba que algo te diera malas vibraciones. Hay momentos y situaciones en las que es mejor no preguntar y no saber. La tenue iluminación no me permitía ver nada más, hecho que agradecí profundamente. Con la libido por los suelos salí de allí como pude. Recordé a Marcelino, tal vez lo del coche fúnebre no fuera tan raro.

miércoles, 29 de febrero de 2012

NO VIMOS AMANECER



Me enamoré de Adrián, un hombre que no poseía la virtud de sufrir las adversidades sin quejarse, tampoco la fe o esperanza que se tiene en una persona. Para contrarrestar la balanza, la paciencia y la confianza eran mi fuerte. Eleonora es mi nombre, Eli como me llaman todos y que pronunciado por él suena distinto. Después de un año de continuas disputas por nimiedades, tales como porqué me arreglaba tanto para ir a la compra, o porqué me maquillaba para ir al trabajo, o si éste o aquél me había mirado más o menos,  mi manantial de paciencia atravesaba una merecida sequía. Fue una discusión más, ni mejor o peor que las otras, pero cuando me harté de escuchar sus acusaciones, sus reproches y sus razonamientos absurdos grité: ¡Vete! Sólo eso, varias veces, para convencerlo a él y convencerme a mí misma. Creo que lo convencí a él antes, ya que tal arranque no era inherente a mi naturaleza. Dos días después recibí una carta de despedida en la que me explicaba que las palabras: te quiero y para siempre perdían todo su significado y que terminaba así:
“…el tren de los sueños ya partió y ninguno de los dos quiso cogerlo. Ya no hay reproches, pero tampoco noches de amor. El partido se suspendió por el mal tiempo, aunque me llevo como recuerdo el mejor partido de mi vida. Te deseo lo mejor y ojalá encuentres la felicidad y el equilibrio que yo no supe darte. Por favor, dile a mi Eli, si algún día te encuentras con ella, que nunca la olvidaré. “
Después de un año y cinco meses de relación su ausencia se me hacía insoportable, mi mundo no era el mismo, empezando por mi casa, antes ordenada y ahora dispuesta de cualquier manera, y terminando por mí, que me daba igual como vestirme o si llevaba maquillaje o no. A veces marcaba su número, sin mostrar el mío por supuesto, sólo para escuchar: ¿Diga? Otras veces mandaba un mensaje del tipo: “Te quiero, te necesito y te echo mucho de menos. En este momento lo único que me apetece es oír tu voz diciéndome que me quieres, que me amas, que me deseas… Pero lo único que haríamos sería discutir y ya estoy harta, por eso sé que no podemos estar juntos. Mandar este mensaje calma la ansiedad que siento y que se irá mitigando con el tiempo”.
Un mes después seguía amándolo pero había conseguido superar mi necesidad de saber de él. Ya no me alteraba cada vez que sonaba el teléfono, esperando inútilmente una llamada suya. De pronto, una noche llamó; su voz sonaba tranquila, dulce, melancólica…
―¿Cómo estás? Soy yo, Adrián.
―Bien, bien… ―repetí varias veces balbuceando ―. ¿Y tú?
―Te echo de menos, no he dejado de pensar en ti ni un solo momento. Me gustaría hablar contigo ahora, en casa, los dos, tranquilamente. ¿Voy?
―Ven ―fue lo único que podía decir, que me apetecía decir.
Con la velocidad de un rayo dejé la casa como a él le gustaba; recogida; limpia; encendí dos velas perfumadas con olor a canela, quería que todo le recordara a lo que habíamos vivido juntos. Fui rápidamente al baño para maquillarme un poco, sólo los ojos y las pestañas y un poco de brillo en los labios,  no quería que, después de tanto tiempo, me encontrara de cualquier manera, pero era tarde y tenía el pijama puesto, pensé ponerme algo como unos vaqueros y una blusa pero el timbre sonó y lo último que deseaba era hacerlo esperar.
Abrir la puerta fue un impacto para ambos, no hubo palabras, no eran necesarias en ese momento. Me tomó en sus brazos con ese ademán posesivo que tanto me gustaba, y acercó sus labios a los míos para besarme apasionada y posesivamente, como nadie me había besado nunca, como si con un solo beso se pudieran fundir nuestras almas. Nos perdimos en nuestros sentimientos. Sus manos ansiosas buscaban mi cuerpo, y las mías recorrían el suyo como a él le gustaba que lo hicieran, despacito, marcando el sendero para elevar su deseo. Todo lo que no fuera nuestra piel desnuda era un estorbo, parecíamos animales quitándonos la ropa. Su palpable excitación mitigó la mía, bailando al compás que sólo saben bailar los amantes. Volvimos a emular las primeras veces que hicimos el amor, amaneciendo agotados después de una noche intensa en la que nuestros cuerpos exhaustos habían competido para ver quien aguantaba más, era un juego, el rol sexual que nos distinguía de las demás parejas.
―Cariño te quiero ―me confesó mientras reposaba desnuda en sus brazos.
―Y yo a ti, mi vida ― no pude evitar responder.
―Eli, tengo que confesarte algo.
―Dime.
―En este tiempo que hemos estado separados tuve una relación con otra mujer.
No sabía que decir, esperé en silencio que continuara.
―Intenté olvidarte pero no pude, fue algo sin importancia, no la quería, ni siquiera me gustaba en la cama, no era como tú.
Me sentí utilizada, había usado mi cuerpo para limpiar el rastro de la otra. Razonó una y otra vez que no estábamos juntos, más que convencerme él tuve que convencerme a mí misma que todo era como Adrián lo contaba. Con el tiempo intentó tapar esa fisura con toda clase de mimos, el principio del fin de nuestra época dorada. Conocía mis gustos, me sorprendió llevándome al cine para ver Luna Nueva, recuerdo que a ver Crepúsculo tuve menos que arrastrarlo, pero nos llamó la atención la historia de amor de los protagonistas, éramos Edward y Bella, no podíamos estar separados uno del otro.
Un compañero nuevo de trabajo me invitó un día a tomar café, rechacé la oferta, por supuesto, pero al llegar a casa se lo comenté a Adrián como una anécdota divertida de mi jornada laboral. No imaginé que se pondría hecho un basilisco, tuvimos una fuerte discusión en la que me acusaba de haber incitado al pobre chico, fue la primera de una serie de disputas interminables. A raíz de aquello mi confianza se deterioró, no había fallado nunca, ni con mis sentimientos, ni con mi cuerpo, pero él sí y encima se podía permitir el lujo de acusarme. Descuidé mi aspecto, mis sentimientos cada vez más acotados lo rechazaban, para cuando estrenaron Eclipse, ya no éramos la pareja apasionada que vivía un amor de película. El hecho fortuito de tener el coche encerrado desató su mal carácter, durante una hora intenté calmarlo, hasta que sus improperios se dirigieron a mí, salí del coche sin mirar atrás. Un año después ya no era la misma, un anuncio de Amanecer me hizo recordarlo, en unos meses ya no estaría en cartelera. Fue un día cualquiera cuando nos encontramos,  nos saludamos con cortesía, un simple hola por parte de ambos, y un estamos bien.
―¿Crees que ha pasado el tiempo suficiente como para que lo nuestro se pueda arreglar? ―me preguntó a bocajarro.
Sólo pude responderle: “No vimos Amanecer”; y él lo entendió perfectamente.

domingo, 5 de febrero de 2012

VIDA DE UN OBJETO

No tengo nombre, se me conoce por el modelo Canon Eos 250 y cuando me fabricaron era una de las mejores cámaras fotográficas del mercado.
Un día cualquiera, un chico joven me compró, congeniamos al instante, me trataba como un tesoro y hasta tuvo la paciencia de leer el complicado manual que me acompañaba.
Mi gran estreno llegó con motivo de la exposición de 1992 en Sevilla, ¡qué meses más ajetreados! Pero me gustaba ese ritmo y sobre todo ver las miradas de envidia que nos lanzaban los que se cruzaban con nosotros.
Con el tiempo me encargué de inmortalizar vacaciones, reuniones familiares, fiestas con los amigos… Y yo mostrando orgullosa mi objetivo.
El chico joven dejó de serlo, se casó y como siempre yo fui testigo de sus momentos más importantes. Las primeras Navidades de la nueva familia me llevé la sorpresa más grata de mi vida, abrieron un regalo y ahí estaba él, fue amor a primera vista, sus largas patas, su fuerte soporte, su agilidad para girar… Era el trípode más atractivo que había visto nunca y durante mucho tiempo formamos una buena pareja. Después llegó el tan esperado bebé y allí estábamos mi amado y yo preparados para inmortalizarlo, pero también llegó ella, más nueva, más moderna y con unas cualidades que yo no poseía, grababa y reproducía sin parar, y aunque no podía desplazarme del todo pasé a un segundo plano. No estaba preparada para algo tan cruel como el hecho de tener que compartir a mi trípode, tuve que asimilarlo, era eso o nada. Mi tiempo de esplendor estaba llegando a su fin, me encontraba ante el ocaso de mi existencia.
Igual que había llegado yo, un día cualquiera llegó ella, tan pequeña, tan ligera, tan estética, tan digital. Recuerdo el momento en que metieron mi cuerpo en una caja y me subieron al estante más alto del armario, me dormí recitando aquellos versos: “Del salón en el ángulo oscuro, de su dueño tal vez olvidada…”

lunes, 23 de enero de 2012

UNIVERSO INCIERTO

Al sonido del timbre las puertas se abren de par en par dándome la bienvenida. Antes de entrar admiro el majestuoso edificio, una vez más se alza ante mí con sus cuatro plantas, sus grandes ventanas enrejadas, sus largos pasillos, su infinidad de habitaciones… No entro solo, una pareja de policías me siguen. Seguramente escoltan a algún pobre diablo invitado a pasar una buena temporada.
            Como ya conozco el camino voy directo a mi lugar de trabajo.
―Hola Jorge, ¿otra vez de vuelta? ―Me saludan todos durante el trayecto.
―Pues sí, ya se han terminado mis vacaciones ―respondo invariablemente.
            Los policías me siguen. ¡Lo que faltaba! Acabo de llegar y ya me van a endosar al nuevo fichaje. Debo reconocer que no tengo muchas ganas de empezar con mis labores cotidianas, hecho que se reafirma al encontrarme cara a cara con el jefe y con su inseparable perro fiel, Alfonso. No sé quién impone más, si el jefe con su cara de circunstancia o Alfonso con sus dos metros de estatura, su cuerpo hinchado por los músculos, su cara seria y su mirada penetrante.
―Hola Jorge ―saludan los dos a la vez.
―Hola Jefe, aquí estoy otra vez ―respondo resignado.
―Bueno pues ya sabes lo que hay, ponte cómodo y dentro de un ratito hablamos ―y sin esperar respuesta se aleja por el pasillo con su guardaespaldas.
            Esas charlas con mi jefe son ineludibles, creo que la tiene tomada conmigo porque mis compañeros no corren la misma suerte.
            Obedeciendo, como es mi deber, me instalo en la nueva oficina designada; es igual que las anteriores, muy cómoda por cierto, aunque no sé quién será esta vez mi compañero, porque la oficina es para dos.
            Me cambio de ropa y voy a preguntar al supervisor por mis funciones. Como siempre, me mira de arriba abajo, pone cara de haber chupado un limón amargo y dice: “Haz lo que te dé la gana pero no molestes ni alborotes”. Yo, como es natural, me vuelvo para ver a quién ha dicho eso. Detrás de mí, tres o cuatro internos están intentando acercarse, me planto delante y con voz autoritaria les digo:
―¡Venga! Cada uno a su habitación que en seguida os llevo las medicinas.
Observo como pasan de mí, allá ellos, para lo que me pagan no me voy a jugar el tipo. Veo que Alfonso se aproxima. Viene a buscarme. Ya está el jefe en el despacho, preparado para soltarme la misma retahíla de siempre, pero cualquiera le dice que no al musculitos. Le sigo sin rechistar, o más bien me sigue él a mí, ya que tiene la maldita costumbre de colocarse detrás de todo el mundo mientras te toma del brazo, conduciéndote como si desconocieras el camino.
            La puerta está abierta. Sin apenas mirarme, con un gesto de la mano, me señala una silla, supongo que es para que me siente. A lo lejos escucho una voz como venida de ultratumba que se dirige a mí, digo a todo que sí. ¿Para qué me voy a complicar la vida? De nuevo, escoltado por Alfonso, regreso a mi destino.
―Ten cuidado porque esta vez voy a estar vigilándote muy de cerca, me convertiré en tu sombra ―y se va esbozando lo que parece una sonrisa.
            Me encierro en mi oficina. Creo que ya tengo bastante por hoy, necesito descansar, tanto trabajo me va a producir estrés. Tumbado en la cama puedo pensar mejor, necesito evadirme, creo que a eso me ayudan las pastillas que me pasan mis compañeros bajo cuerda.
            De pronto un ruido a mi lado me devuelve a la realidad, no sé si estoy soñando, pero vaya muñeca que me han colocado de compañera. Está buenísima, corpulenta pero proporcionada, un poco alta para mi estatura, pero en posición horizontal no se aprecia. Algo le tengo que decir, estoy bastante nervioso, pero me lanzo.
―Hola, me llamo Jorge, ya era hora de que mejoraran el personal y le dieran un aliciente al trabajo ―me dirijo a ella mientras la desnudo con la mirada, con tanto énfasis que por la comisura de la boca me cae un hilillo de baba.
―Hola ¿cómo lo llevas? –una voz ronca resuena en la habitación acompañada de gestos ausentes de feminidad, pero, aun así, yo le sigo viendo un puntillo que me  gusta.
―Bueno, dime ¿qué te parece la oficina?
―No está mal ―sentencia echando un vistazo al entorno ―. Pero no pienso quedarme mucho tiempo. ¿Te apuntas?
―Yo te sigo al fin del mundo si hace falta ―respondo ilusionado.
―Esta noche. Ya te avisaré.
            Tengo la ligera impresión que no es la primera vez que vivo esta situación y me temo que no será la última. A veces tengo noción de la realidad pero la aparto porque no me gusta, prefiero vivir en mi universo incierto.

jueves, 19 de enero de 2012

TRES DÍAS (Publicado en "Revista Almiar")

Día 1
Como cada día, Román vuelve a casa después de un agradable paseo bajo la luz de un sol primaveral. Vive en un núcleo residencial y está bien atendido. En su rostro, surcado de arrugas, destacan la alegría de sus observadores ojos, junto con la sempiterna sonrisa en los labios.
Cuando se dispone a introducir la llave en la cerradura de la puerta, una visión lo distrae. Ahí está, con su larga y ondulada melena rubia, sus grandes ojos azules, sus blancas piernas apenas cubiertas por el vestidito estampado que lleva puesto… y su boquita de labios sonrosados en los que se adivina una hermosa sonrisa. Hace tanto tiempo que Román no ve a un ser tan angelical y tan puro… No puede apartar la vista de ella. Necesita estar a su lado. Necesita oír su voz. Necesita… Procede como antaño, mira a un lado y a otro para cerciorarse que no está al cuidado de ningún adulto, y cuando acercarse no supone un riesgo, lo hace lentamente.
―Hola bonita, ¿cómo te llamas?
No hay respuesta por su parte, se limita a mirarlo con expresión indescifrable.
―¿Estás solita? ¿Y tus padres?
Sigue mirándolo a la vez que levanta la mano y se la entrega. Sin pensarlo dos veces, Román la lleva hasta su casa. Una vez dentro, cierra la puerta suavemente.


Día 2
            Como cada día, Román vuelve a casa después de su habitual paseo. El cielo está poblado de nubes grises que presagian lluvia. Vive en un núcleo residencial a las afueras, donde la atención es escasa. En su rostro, surcado de arrugas, destacan la tristeza de sus ojos junto con la fina línea de sus labios, apretados en una mueca impersonal.
      Cuando se dispone a introducir la llave en la cerradura de la puerta, aparece ella, con sus cabellos despeinados, su largo vestido gris y un surco violáceo alrededor de los ojos, oscureciendo la expresión del rostro. Necesita alejarse. Necesita que desaparezca. Necesita… Mira a un lado y a otro, buscando a alguien que pueda socorrerlo.
―Me has hecho ver la realidad, estoy arrepentido ―expresa con voz lastimera.
No hay respuesta por su parte, se limita a mirarlo con cínica expresión.
―No puedo pasar otra vez por lo de ayer ―suplica encarecidamente.
Sigue mirándolo, lo toma de la mano y entran juntos. Ahora es ella quien cierra suavemente la puerta, no tiene prisa.


Día 3
            Como cada día, Román vuelve a casa después de un obligado paseo para matar el tiempo. Es un temerario, la tormenta arrecia y los truenos producen un ruido ensordecedor. Vive en un núcleo residencial que conoció mejores tiempos y al que ya nadie atiende. En su rostro, surcado de arrugas, destacan los apagados ojos y los labios curvados hacia abajo, como si nunca hubieran conocido una sonrisa.
Cuando se dispone a introducir la llave en la cerradura de la puerta, espera aterrado que ella aparezca pero, para respiro de su alma, no lo hace. Una vez dentro cierra apresuradamente y se dirige al dormitorio.
            Todo está en calma, una quietud perturbadora lo envuelve. Lo único que le queda es esperar. El cálculo del destino es perfecto porque esa tregua le obliga a repasar todos los pecados cometidos, esos que no se mencionan, los que nadie conoce, sólo su conciencia.
            No puede seguir así, pasea de un lado a otro con la cabeza entre las manos, intentando estrujar su cerebro para que no lo atormente. Mira constantemente a todos lados esperando verla aparecer. Y lo hace, con su delgada figura, su capa negra y la guadaña en la mano. No deja espacio, lo ocupa todo. Ahora es él quien no puede negarse a acompañarla.


sábado, 14 de enero de 2012

EL CAMAFEO



 
El conde de Monteolivos, Eduardo, se enamoró de Carmen, una joven humilde dotada de gran belleza. Carmen se había criado en el campo junto a sus padres y hermanos, todos campesinos que trabajaban en la finca del señor Conde; los padres de la joven, temiendo que éste la deshonrara, decidieron enviarla a la capital para que sirviera en la casa de unas señoritas. Una vez lejos de su familia, el conde la buscó y su asedio debilitó todas las defensas de Carmen que, perdidamente enamorada, se entregó a él. Después, Eduardo cumplió el compromiso de matrimonio pactado con una señorita de buena familia. Como regalo de despedida para su amante, Eduardo mandó fabricar un camafeo de oro y piedras preciosas, en su interior guardó una foto de ambos, así siempre estarían unidos dentro de la joya. Se lo puso alrededor del cuello y la hizo prometer que nunca se lo quitaría. Él se marchó sin saber que no sólo le había dejado el camafeo. Carmen tuvo una hija fruto de su relación con el conde. Al principio, gracias al dinero que Eduardo le dejara, vivían bien. Llegó la guerra civil y con ella muchas penas y calamidades. La pequeña Eduarda enfermó y Carmen tuvo que vender el camafeo a la señorita para la que trabajaba.
La señorita Dominga lucía en su cuello un camafeo precioso, pero había un problema, no podía abrirlo, por mucho que lo intentaba no lo conseguía. Con el tiempo dejó de importarle, era tan bonito que no necesitaba ver lo que protegía su interior. Pronto se convirtió en la señora de don Pablo, un hombre serio que trabajaba de administrador y gozaba de buena posición social. La señora Dominga disfrutó de toda clase de comodidades hasta que su esposo falleció. Para poder sobrevivir en la época de la postguerra tuvo que vender todas sus joyas, incluyendo el camafeo. Curiosamente, llegó a manos del hijo del joyero que lo había fabricado, ya que se dedicaba al mismo oficio que su padre. Al descubrir que era obra de su predecesor lo guardó con mucho cariño y decidió no deshacerse de él a pesar de que lo encontraba defectuoso, ya que no era capaz de abrirlo. Después de muchos años tuvo que cerrar su negocio y se lo vendió a un buen cliente con el que le unía una estrecha amistad.
Don Antonio regaló a su esposa el camafeo que tanto le había costado conseguir, Lola luciría en su cuello durante muchos años la preciosa joya. Nunca consiguió abrirlo y lo que había en su interior era el mayor de los misterios de la familia. Cuando Lola murió dejó en poder de su único hijo, Alberto, el valioso camafeo, le dijo que se lo entregara a la madre de sus hijos y de esta forma siempre pertenecería a la familia. Alberto conoció a Clara y se enamoraron, cuando tuvieron su primer hijo, que fue una niña a la que llamaron Carmen, Alberto le regaló el camafeo a la feliz mamá. A Clara le fascinó, nunca había visto una joya tan bonita, intentó abrirla pero no pudo. Pidió a su marido que se la pusiera y esperó ansiosa la visita de su madre, Eduarda, para mostrársela. Cuando ésta vio el camafeo empezó a llorar de alegría, había vuelto a su familia, era la joya que su padre le había regalado a su madre, Clara se lo entregó y Eduarda se lo llevó a la abuela Carmen, que sentada en una silla veía el tiempo pasar. Cuando Carmen tuvo el camafeo en sus manos suspiró, lo abrió cuidadosamente y se llevó la foto de su amado a los labios.