sábado, 16 de junio de 2012

LA PETICIÓN


El timbre sonó y poco a poco los alumnos fueron abandonando el aula, todos menos uno que se quedó sentado esperando que la profesora reparara en su presencia.
―¿Te ocurre algo? ―le preguntó preocupada.
―Señorita Eli, tengo que decirte una cosa ―su tono pretendía ser neutro pero el movimiento de sus manos, apretándose una contra otra, delataban su estado.
―Por supuesto  ―dijo solícita mientras acercaba una silla y se sentaba a su lado.
            Pedro estaba inmóvil mirando al frente, abría y cerraba la boca pero no salía sonido alguno, tenía algo que decir pero no sabía cómo.
―Señorita Eli, tú sabes cuánto te queremos todos. Tú nos ayudas, nos enseñas… Te tenemos confianza.
―Lo sé, y en nombre de esa confianza que dices que me tienes habla sin miedo.
―Vale, ¡uf!, verás, llevamos todo el curso preguntándonos cosas sobre ti, sobre tu vida, tu edad...
―Eso es natural ―interrumpió Eli esbozando una sonrisa―, cuando se pasa mucho tiempo con una persona pueden pasar dos cosas: que la admires y te importe y por eso quieras saber cosas sobre ella; o que te caiga mal y no quieras ni hablarle. Yo me siento halagada por ese sentimiento que dices que despierto entre vosotros.
―Y mucha curiosidad ―continuó machacón Pedro.
―Pues no es para tanto, tengo veintiocho años, vivo con mis padres, os doy clases y esa es toda mi vida.
―Ya señorita Eli, pero tendrás sentimientos, deseos…
―No sé exactamente a que te refieres, estoy satisfecha con mi trabajo y en general con mi vida.
―Pero una persona no puede estar sola siempre, necesita una pareja, alguien en quien confiar  y con quien compartir su vida.
―A ver ―le dijo mientras sonreía―,  me parece que estás soltando todo este discurso para decirme que te gusta una chica.
―Vale, algo de eso hay, ¡uf!, pero no quiero hablar de mí sino de ti.
―Y eso, ¿por qué?
―Porque quiero pedirte algo, ¡uf!, no sé cómo hacerlo y necesito conocerte un poco mejor antes de lanzarme.
―Pues suéltalo cuanto antes. Dejarás de estar nervioso y yo podré saber por fin de qué se trata.
            Eli estaba totalmente desconcertada, por el camino que iba el chico parecía que su intención era declararse, y aunque la idea en sí ya era bastante disparatada, con los adolescentes, por el mero hecho de serlo, había que ir con pies de plomo.
―Tú nos hablas de historia, guerras, relaciones… Todas esas cosas que cuentan los libro, ¡uf!, pero nosotros queremos que nos hables de amor.
―Pedro, el amor es algo particular y privado que cada persona vive y siente de una manera diferente.
―Sí, ¡uf!, seguramente tienes razón, pero a mi edad la mayoría de los chicos han visto el amor…
―Pedro, el amor no se ve, se siente ―le explicó ya verdaderamente preocupada.
―¡Uf! Los que tengan la suerte de sentirlo, los que son como mis compañeros y como yo puede que no lo conozcamos nunca.
―¿Y cuál crees tú que es la solución? ―deseaba escapar cuanto antes, se sentía agobiada.
―La solución es que las personas cercanas nos ayuden y lo que es normal para los demás lo sea para nosotros.
―¿Y qué cosa en concreto piensas que no puedes hacer con normalidad?
―¡Uf! Elegir una película.
            Los dos guardaron silencio, Eli observaba a Pedro mientras este miraba al frente deseando soltar las palabras que se le atragantaban.
―Señorita Eli, quiero pedirte en nombre de la clase si podemos traer una película para que nos la audio describas.
―¡Claro que sí! ―respondió contenta mientras respiraba tranquila, ¡pobre chico!, la que había liado para decir que quería poner una película.
―Pero la que nosotros queramos.
―Vosotros mandáis.
―Señorita Eli, queremos que nos audio describas “Emmanuel”.

miércoles, 23 de mayo de 2012

COSAS QUE PASAN



―Pase por aquí, por favor ―señaló el agente mientras lo tomaba del brazo y lo conducía a la sala de interrogatorios.
―Lo hemos traído para que nos cuente qué sucedió ―puntualizó otro agente una vez el presunto estuvo acomodado.
―No lo entenderían ―les espetó el detenido.
―Pruebe a ver, se sorprendería de las cosas que podemos entender ―habló uno de los policías en nombre de su compañero y de él―. Díganos su nombre en primer lugar.
―Me llamo Pedro y estoy aquí porque piensan que maté a María.
―¿Lo hizo? ―el tono intentaba camuflar un brote irónico.
―María me engañaba, estábamos en casa y no paraba de hacer cosas. Todo el tiempo de un lado a otro. La luz del contestador parpadeando me estaba poniendo nervioso y ella lo miraba. Sé que lo miraba. La vi como lo miraba por el rabillo del ojo. Tuve que gritar para que presionara el botón. Noté el miedo en sus ojos y después alegría cuando la voz del mensaje le dijo que estaba admitida, ¡qué estupidez! ¡Cómo si no supiera que todo era un código entre ellos!
―¿Qué decía exactamente el mensaje?
―Que María estaba admitida como secretaria, que él la atendió esa mañana y que le había causado muy buena impresión, cómo si yo no supiera el tipo de impresión al que se refería.
―¿Qué hizo usted después? ―prosiguió el agente interrogando.
―No es lo que hice después es lo que pasó antes.
―Bueno pues cuéntenos todo lo que pasó antes ―intervino el compañero.
―La acompañé a la consulta, tenía cita para recoger unos resultados, y cuando el doctor le dijo que estaba todo bien, que sólo sería necesaria una pequeña intervención quirúrgica, la muy descarada lo abrazó. Allí mismo, delante de mí.
―A su mujer se le diagnosticó un fibroma mamario, lo hemos investigado.
―No sé lo que es eso, no me dijo nada al respecto. Pero estuve con ella en una empresa en la que se suponía que iban a entrevistarla, ¿y qué creen que pasó cuando salió del despacho? ―Los dos agentes permanecieron en silencio esperando que el acusado continuara. ―Había roto la pulsera que le regalé por nuestro primer aniversario, a saber qué hicieron allí dentro para llegar a eso.
―Seguramente la rompió ella misma, estaría nerviosa por la entrevista de trabajo.
―La acompañé todo el tiempo, fuimos en metro al centro de la ciudad, nosotros que vivimos en las afueras, todo porque me dijo que quería su espacio, que necesitaba trabajar, como si yo no la mantuviera como una reina…
―Tenemos los resultados de unas radiografías que le realizaron hace unos meses y presenta varias fracturas óseas, si no se dedicaba al boxeo, explíquenos de dónde salieron esas fracturas ―apremió uno de los agentes.
―Era muy despistada, Esa misma mañana no sonó el despertador, cuando abrió los ojos y miró la hora, saltó de la cama y resbaló golpeándose con la mesita de noche, después tuvo que ponerse tanto maquillaje que parecía una payasa.
―Nos gustaría que fuera al grano. ¿Por qué la mató? ―Los agentes no querían alargar el interrogatorio más de lo necesario.
―¿Saben lo que hizo cuando escuchó el mensaje del contestador?
―Sí, hemos visto la maleta preparada y la nota: “Hasta nunca Pedro” ―citó textualmente el agente―. ¿Se marchaba de casa? ¿Lo iba a abandonar? ¿Ese fue el motivo?
―Ojalá se hubiera ido, pero no. María era muy retorcida, llenó la maleta con mi ropa, me echaba de casa.
―¿Por eso la empujó hasta tirarla por la ventana?
―¿Qué otra cosa podía hacer? Ella quería echarme, abandonarme a mi suerte, actué en defensa propia.
―¿Creyó que lo tomaríamos por un accidente, verdad?
―Todo iba bien, ¿cómo lo supieron?
―María nos lo ha contado. Viven en un segundo piso, milagrosamente se ha salvado. Va a tener suerte, no lo van a condenar por asesinato.
―Pero perderé mi libertad ―expresó lastimeramente, consciente de su verdadera situación.
―No se engañe, nunca fue libre, siempre estuvo preso de sus demonios.

miércoles, 2 de mayo de 2012

LA NOCHE DEL ACERTIJO (2ª parte)



A las cuatro y media de la mañana nuestras deducciones nos llevaron a la conclusión de que debía llevar más o menos un año muerta, teniendo en cuenta que el hotel no contaba con la antigüedad suficiente (hacía apenas dos años que fue abierto al público). Pero la luz nos desconcertaba, en qué luz debíamos fijarnos. Las cinco o seis copas que tomó mi nuevo amigo no facilitaron la tarea, pasaba el tiempo sin que su razonamiento le llevara a ninguna conclusión. Al fin y al cabo yo sólo era una ayuda bien avenida pero el que se jugaba la vida era él.
            A las cinco decidió volver a la habitación, pensó que allí, tal vez, podría inspirarse. Con cierta aprensión lo acompañé dentro. Era una suite doble, con un lujo ostentoso, unas vistas magníficas de la fauna marina y un mecanismo que realizaba tareas a través de la voz. Para encender las luces, o marcaba un código o lo pronunciaba en voz alta: “220-1”, para correr las cortinas:”220-2”, para acceder al mini-bar que salía de una de las paredes:”220-3”…
―¡Claro! ¿Cómo no lo hemos visto antes? ―miró en todas direcciones como alucinando ―. Está aquí, sólo hay que decir el código. Está en una de estas paredes, sólo hay que abrirla con el código.
            Pensé que se había vuelto loco, ¿qué código? Vi cómo tecleaba en el ordenador portátil buscando la solución: 9.454.254.955.488 fue la respuesta. Había unido las palabras año y luz de las frases que le diera el fantasma, el código eran los km que había en un año luz, sólo tenía que pronunciarlo y la maldición o lo que fuera desaparecería. A escasos segundos de la hora señalada mi amigo pronunció esta cantidad.
            Sir Jeremy murió repentinamente a las seis en punto de la mañana. Si piensas que no era esa la solución te equivocas, la respuesta era correcta, el error lo cometió al leer la cantidad, no supo hacerlo correctamente, la impaciencia, los nervios, el alcohol y el miedo, no lo ayudaron. Bastaba con decir nueve billones, cuatrocientos cincuenta y cuatro mil doscientos cincuenta y cuatro millones, novecientos cincuenta y cinco mil cuatrocientos ochenta y ocho. Una noche entré en la habitación, no me preguntes cómo, y pronuncié la cantidad correctamente, alto y claro. De una pared giratoria salió un cadáver descompuesto, el cadáver de la esposa de uno de los accionistas que en su día controlaba el hotel, repentinamente vendió sus acciones y nunca más se supo de su paradero. El fantasma ya podía descansar en paz y mi amigo Jeremy supongo que también.

sábado, 21 de abril de 2012

LA NOCHE DEL ACERTIJO (1ª parte)




            Me encontraba alojado en el Hotel Hydropolis, el primer hotel submarino dotado de toda clase de lujos; y no por placer precisamente, pues los accionistas habían decidido contar con mi experiencia como biólogo marino.  La primavera en Dubái se presentaba bastante calurosa, la afluencia de clientes obligó a ocupar todas las habitaciones, incluida la 220, la “habitación maldita”, como solían llamarla todos. La primera y única vez que fue ocupada se encontró al huésped tendido en la cama, sin vida. El forense diagnosticó, como causa probable de la muerte, el miedo. Desde entonces se venía especulando con la idea de que la habitación estaba encantada, y que espíritus del más allá poseían a todo el que la habitaba. Algo difícil de creer para un hombre de ciencias como yo. El afortunado en ocuparla, por la módica cantidad de quince mil euros diarios, fue sir Jeremy Brown, un caballero inglés, alto, enjuto, de rostro inexpresivo y modales exquisitos.  Habíamos llegado a la par, pues por cuestiones que no interesan a nadie, excepto a mí, salí del hotel; lo vi en la entrada, todavía en tierra firme, esperando coger el tren que nos llevaría por un túnel hasta la recepción. Allí lo esperaban, el botones se encargó del equipaje y la recepcionista le entregó un sobre que contenía todas las claves para acceder a los servicios que prestaban, podía elegir entre introducir los códigos o decirlos de viva voz directamente.
A las seis en punto introdujo un código de voz para desbloquear la puerta de acceso a la habitación y poder franquear la entrada. Yo ocupaba la habitación 218, cuya puerta quedaba justo enfrente.
            A las siete en punto salió de la habitación para cenar en el restaurante. Estaba embelesado con las vistas que ofrecían los enormes ventanales situados en los pasillos, 260 hectáreas dedicadas al mundo submarino con especies únicas de colores inimaginables. Después de una copiosa cena se dirigió de nuevo a su habitación. Una de mis aficiones era fijarme en las personas y adivinar cómo eran por su lenguaje corporal. De sir Jeremy deduje que era un tipo ecuánime, introvertido y maniático.
            A estas alturas te preguntarás porqué estaba tan pendiente de este hombre, pues por la sencilla razón de que ocupaba la “habitación maldita”  y, aunque me consideraba un escéptico para estos temas, no podía evitar que la curiosidad o el morbo, llámalo como quieras, poseyeran mi razón en contadas ocasiones. Fue por esto que lo vigilé desde su llegada. Esperaba impaciente el desarrollo de los acontecimientos.
            A las diez  y veinticinco minutos salió otra vez de la habitación, algo había sucedido allí dentro, sir Jeremy estaba pálido, el nudo de su corbata torcido, no caminaba en línea recta y pasó sin echar un vistazo al espectáculo marino que se le ofrecía. Lo seguí hasta el bar, pidió un whisky que tomó de un solo trago, a una señal, el camarero volvió a servirle otro. Tal vez pensaba ahogar en el alcohol lo sucedido. Lo abordé sin pensarlo, pero es que suelo ser bastante directo.
―¿Se encuentra usted bien? ―solícito me acomodé a su lado.
―¿Cree usted en el más allá, en la vida después de la muerte? ―por lo visto él era más directo que yo, me sorprendió tanto la pregunta que no supe qué contestar ―. Creo que la muerte puede marcar el descanso de las almas ―continuó hablando mientras miraba al frente,  a un punto inexistente ―. Una de estas pobres almas me ha pedido que la libere.
―¿Aceptó hacerlo? ―la curiosidad me estaba matando, tenía tantísimas preguntas que hacer, que no hubiera bastado toda una noche para formularlas y obtener respuestas.
―¿Realmente tenía elección? ―Tras un incómodo silencio en el que apuró su copa y volvió a pedir otra que empezó a beber con la misma avidez, me miró fijamente a los ojos ―. ¿Me ayudaría usted?
―Por supuesto ―No tuve que pensarlo, estaba ansioso por ayudar tanto a un hombre que había vivido una experiencia paranormal, como a un hombre que podía estar al borde de la locura.
            Con una escueta explicación de los hechos, en los que una especie de ectoplasma le había hablado, me puso al corriente. El cuerpo del fantasma estaba escondido en la habitación 220, era una mujer joven a la que su esposo dio muerte, quería venganza y que su historia saliera a la luz. Pero se nos planteaban dos problemas,  por una parte debíamos resolver un acertijo; y por otra, sólo teníamos hasta el alba, sir Jeremy perdería la vida en caso de que no se resolviera, era el precio que tenía que pagar por haber alterado el descanso de los muertos. El reloj marcaba las dos y cuarto de la madrugada, contábamos con escasamente cuatro horas hasta que amaneciera y dos frases que una voz de ultratumba dejó flotando en la habitación: “Pasó hace un año” y “Fíjate en la luz”.

jueves, 12 de abril de 2012

CUESTIÓN DE SEXO


Allí tenía a Gloria, desnuda y dispuesta para él. Pero Martín amaba a Rita, la mujer por la que había abandonado los votos que un día hiciera a Dios. Su relación con Rita iba cada vez mejor, no sólo la amaba, la adoraba. Había llegado el momento de dar un paso más, de culminar sus sentimientos tanto con sus almas como con sus cuerpos. La presión era enorme, no había estado nunca con una mujer y Rita tenía bastante experiencia, una mujer tan bella, con ese cuerpo de curvas perfectas, esos labios dulces, esos ojos rasgados… No le importaba cuantos hombres pudieron disfrutarla, pero sí ser el último que lo hiciera. Gloria le ayudaría, no le pesaba haber gastado parte de sus ahorros en ella.
Tumbada en la cama lo esperaba Gloria. Después de haber visionado varias películas eróticas, desechó las porno por herir su arraigada sensibilidad, decidió poner en práctica lo que había aprendido. Untó con nata la comisura de los labios de Gloria y pasó la punta de la lengua con cuidado, mientras que con las yemas de los dedos le acariciaba el cuello, los hombros y los brazos hasta llegar a las manos. Ella permanecía quieta, dejándose hacer. Los preliminares tenían que ser perfectos, no quería perderse ni un centímetro de su piel, la recorrería toda, el sólo hecho de pensar hacerle eso a Rita le provocó una erección. Trazó un camino de besos húmedos, desde el cuello hasta los pechos, dibujando la redondez de su volumen con la lengua. Se detuvo bastante tiempo en los pezones, primero succionó uno y después el otro, mientras que sus manos recorrían la longitud de sus piernas. Bajó muy despacio por la planicie de su vientre hasta llegar al centro de su femineidad, lamiendo una y otra vez, preparándola para recibirlo. La penetró lenta y profundamente. Emprendió un ritmo acorde a sus necesidades, tenía que aguantar, hacer que ella se sintiera satisfecha. Minutos después no pudo más, el clímax llegó, temblando dejó caer su peso sobre Gloria. La miró agradecido, era la primera vez que la usaba y la experiencia había sido muy satisfactoria. Cogió las toallitas húmedas que guardaba en la mesita de noche y la limpió con mucho cuidado. Después, abrió una de las puertas del armario y la metió dentro, presionando para que no saliera, no quería desinflarla, no todavía, y menos después de lo que habían compartido.


jueves, 5 de abril de 2012

MIENTRAS TE ESPERO




En brazos de la oscuridad te espero, mis ojos pasean por la habitación mirando sin ver. Ahora no consigo despejar la mente, la noto saturada y vacía, te necesito tanto… Apoyada en el cabecero de la cama sigo esperándote, el ordenador en mis piernas cruzadas y la tenue luz que desprende la pantalla crean el ambiente propicio para tu llegada. Te fundirás conmigo y seremos uno. Alimentando mis fantasías creceremos. Con pasos silenciosos te acercas, por fin estás aquí. Unas veces te demoras más que otras pero lo importante es que nunca me abandonas. Así llega hoy mi inspiración.


jueves, 22 de marzo de 2012

EL VIAJE



            Subí al autobús el primero. Desde mi posición pude observar como diferentes personas iban ocupando sus respectivos asientos. No éramos muchos, quince en total. El lugar al que nos dirigíamos estaba poco habitado, un pueblo perdido entre montañas que no aparecía en la mayoría de los mapas. Recordaba haber realizado el mismo viaje varias veces al año en la misma línea y a la misma hora.
            Observé con detenimiento al conductor, unas gotas de sudor recorrían su frente a pesar de estar el aire acondicionado puesto. Me fijé en una pareja de ancianos que no paraban de discutir. Una madre debía contar una historia muy interesante a su hija porque la niña la miraba embelesada. Tres jóvenes discutían acaloradamente de fútbol mientras que las tres chicas que los acompañaban hablaban entre ellas amistosamente. Un matrimonio de mediana edad, sentados en primera fila, intentaba charlar con el conductor en tanto arrancaba el vehículo. Y ella. Siempre ella. Allí sentada. Con la cabeza vuelta a la ventanilla y la mirada perdida en el horizonte.
            El viaje transcurrió tranquilo y lento. Sólo faltaban unos kilómetros para llegar a nuestro destino, siempre y cuando cruzáramos con éxito un tramo peligroso al que llamaban “la cañada de la muerte”. Muchas personas habían fallecido allí, de ahí su nombre. Estábamos justo atravesándolo cuando un grito desgarrador salió de la garganta del conductor: “¡Otra vez no! Fue cuando ella se levantó y me tomó de la mano diciendo: “Vamos mi amor, ya hemos visto esto demasiadas veces“. No sé donde me encontraba, en el autobús no, éste yacía despeñado con trece pasajeros muertos, los únicos que adquirieron sus billetes.

miércoles, 14 de marzo de 2012

EL EQUÍVOCO CONCEPTO DE NORMALIDAD



No finalicé mi relación con Marcelino porque dejara de amarlo. Ni por su escatológica profesión, trabaja en una funeraria. Lo hice porque dejé de considerarlo normal cuando me propuso realizar una de sus fantasías sexuales. Hacía poco la empresa había adquirido un nuevo coche fúnebre y a él no se le ocurrió otra cosa que proponerme “estrenarlo”. Tan pesado se puso que en un arranque le dije: “Ahí te quedas”; de esto hace un año ya.
Después de estar con un chico que no pasaba desapercibido, que no llegaba al metro noventa porque le faltaban tres centímetros, que no lo elegían rostro del año porque no era famoso y que no necesitaba ir al gimnasio porque su tipo era envidiable, lo tenía complicado para encontrar a alguien que estuviera a la altura de mis expectativas. Inmersa en esta particular búsqueda apareció Abel, la antítesis de Marcelino, pero el contraste de carácter: tan dulce, tan atento y tan normalito, abrió un dique en mis sentimientos. Tras varias citas había llegado el momento de culminar nuestro affaire.
Me invitó a su casa con la excusa de preparar la cena. Elegí cuidadosamente mi indumentaria, sobre todo la lencería. Con ayuda del GPS llegué a una urbanización en las afueras. La ausencia de farolas me obligó a sacar una pequeña linterna abandonada en la guantera. Busqué el número trece, pulsé el timbre y esperé dando pequeños saltitos, en uno de ellos mi única iluminación salió disparada. Al agacharme para cogerla se abrió la puerta, encontré los intensos ojos verdes de un gato negro a la altura de los míos. Me incorporé tan rápido y con tan mala suerte que impacté contra Abel.
―¡Ay! ―se frotaba la frente.
―Lo siento, fui a recoger la linterna y el gato me asustó, y… Déjame ver ―solícita lo acerqué a la luz para ver si estaba herido.―No tienes nada pero si quieres ponemos hielo para que no se hinche.
―No te preocupes, exageré un poquito porque me gusta que me cuides.
Sonreí. Él se acercó, tomó mi rostro entre sus manos y me besó dulcemente pero enseguida nos encendimos. El beso se hizo más profundo, las manos empezaron a recorrer los cuerpos y la pasión desbordó nuestra serenidad. Le quité la camisa y lo empujé contra la pared mientras él desabrochaba mi blusa.
―Aquí no, vámonos a la cama ―me susurró al oído mientras dibujaba mi oreja con su lengua.
Sin despegarnos recorrimos un largo pasillo hasta llegar al dormitorio. Nos dejamos caer en la cama en una oscuridad total. Abel, a tientas, sacó un mechero y encendió dos velas. Fue cuando lo vi, un enorme crucifijo negro colgaba de la pared, justo encima del cabecero de la cama, con dos largas cadenas colgando.
―¿Y eso? ¿Atas a tus amantes al cabecero? ―bromeé.
―Alguna me lo ha pedido, pero no. Podría caerse la cruz.
Recordé el cuadro del dormitorio de Marcelino: “El sueño de la esposa del pescador”, donde una mujer desnuda era excitada por un pulpo. Lo raro que me pareció en su día y ahora el crucifijo superaba esa sensación.
De pronto me fijé en un enorme ángel, casi a tamaño real, que nos miraba desde la pared de enfrente, con sus enormes alas desplegadas y muy bien dotado, no podía dejar de mirar sus atributos. Todo esto mientras Abel se deshacía de la ropa.
―¿Eres muy religioso, no? ―Intenté conocerlo mejor antes de precipitarme a una relación más íntima.
―Sí, pero no te preocupes, no creo que sea pecado lo que estamos haciendo ―susurró.
El contraste de luces y sombras no me dejaba observar todos los adornos de la habitación. Un cuadro me llamó la atención, enfoqué todo lo que pude y vi enmarcados dos pequeños trajecitos. Parecían de época, de ambos sexos.
―¡Qué original! ―exclamé ya un poco agobiada―. ¿Los has puesto ahí porque le quedan pequeños al ángel? ―mientras preguntaba señalaba la enorme figura.
―No, los tengo de recuerdo. Eran para mí.
―¿Para ti? Te lo pusieron de pequeñito.
―No, tuve suerte, estaban diseñados para los bebés que nacían muertos, les ponían esos trajes y les sacaban fotos.
Por primera vez comprendí lo que significaba que algo te diera malas vibraciones. Hay momentos y situaciones en las que es mejor no preguntar y no saber. La tenue iluminación no me permitía ver nada más, hecho que agradecí profundamente. Con la libido por los suelos salí de allí como pude. Recordé a Marcelino, tal vez lo del coche fúnebre no fuera tan raro.

miércoles, 29 de febrero de 2012

NO VIMOS AMANECER



Me enamoré de Adrián, un hombre que no poseía la virtud de sufrir las adversidades sin quejarse, tampoco la fe o esperanza que se tiene en una persona. Para contrarrestar la balanza, la paciencia y la confianza eran mi fuerte. Eleonora es mi nombre, Eli como me llaman todos y que pronunciado por él suena distinto. Después de un año de continuas disputas por nimiedades, tales como porqué me arreglaba tanto para ir a la compra, o porqué me maquillaba para ir al trabajo, o si éste o aquél me había mirado más o menos,  mi manantial de paciencia atravesaba una merecida sequía. Fue una discusión más, ni mejor o peor que las otras, pero cuando me harté de escuchar sus acusaciones, sus reproches y sus razonamientos absurdos grité: ¡Vete! Sólo eso, varias veces, para convencerlo a él y convencerme a mí misma. Creo que lo convencí a él antes, ya que tal arranque no era inherente a mi naturaleza. Dos días después recibí una carta de despedida en la que me explicaba que las palabras: te quiero y para siempre perdían todo su significado y que terminaba así:
“…el tren de los sueños ya partió y ninguno de los dos quiso cogerlo. Ya no hay reproches, pero tampoco noches de amor. El partido se suspendió por el mal tiempo, aunque me llevo como recuerdo el mejor partido de mi vida. Te deseo lo mejor y ojalá encuentres la felicidad y el equilibrio que yo no supe darte. Por favor, dile a mi Eli, si algún día te encuentras con ella, que nunca la olvidaré. “
Después de un año y cinco meses de relación su ausencia se me hacía insoportable, mi mundo no era el mismo, empezando por mi casa, antes ordenada y ahora dispuesta de cualquier manera, y terminando por mí, que me daba igual como vestirme o si llevaba maquillaje o no. A veces marcaba su número, sin mostrar el mío por supuesto, sólo para escuchar: ¿Diga? Otras veces mandaba un mensaje del tipo: “Te quiero, te necesito y te echo mucho de menos. En este momento lo único que me apetece es oír tu voz diciéndome que me quieres, que me amas, que me deseas… Pero lo único que haríamos sería discutir y ya estoy harta, por eso sé que no podemos estar juntos. Mandar este mensaje calma la ansiedad que siento y que se irá mitigando con el tiempo”.
Un mes después seguía amándolo pero había conseguido superar mi necesidad de saber de él. Ya no me alteraba cada vez que sonaba el teléfono, esperando inútilmente una llamada suya. De pronto, una noche llamó; su voz sonaba tranquila, dulce, melancólica…
―¿Cómo estás? Soy yo, Adrián.
―Bien, bien… ―repetí varias veces balbuceando ―. ¿Y tú?
―Te echo de menos, no he dejado de pensar en ti ni un solo momento. Me gustaría hablar contigo ahora, en casa, los dos, tranquilamente. ¿Voy?
―Ven ―fue lo único que podía decir, que me apetecía decir.
Con la velocidad de un rayo dejé la casa como a él le gustaba; recogida; limpia; encendí dos velas perfumadas con olor a canela, quería que todo le recordara a lo que habíamos vivido juntos. Fui rápidamente al baño para maquillarme un poco, sólo los ojos y las pestañas y un poco de brillo en los labios,  no quería que, después de tanto tiempo, me encontrara de cualquier manera, pero era tarde y tenía el pijama puesto, pensé ponerme algo como unos vaqueros y una blusa pero el timbre sonó y lo último que deseaba era hacerlo esperar.
Abrir la puerta fue un impacto para ambos, no hubo palabras, no eran necesarias en ese momento. Me tomó en sus brazos con ese ademán posesivo que tanto me gustaba, y acercó sus labios a los míos para besarme apasionada y posesivamente, como nadie me había besado nunca, como si con un solo beso se pudieran fundir nuestras almas. Nos perdimos en nuestros sentimientos. Sus manos ansiosas buscaban mi cuerpo, y las mías recorrían el suyo como a él le gustaba que lo hicieran, despacito, marcando el sendero para elevar su deseo. Todo lo que no fuera nuestra piel desnuda era un estorbo, parecíamos animales quitándonos la ropa. Su palpable excitación mitigó la mía, bailando al compás que sólo saben bailar los amantes. Volvimos a emular las primeras veces que hicimos el amor, amaneciendo agotados después de una noche intensa en la que nuestros cuerpos exhaustos habían competido para ver quien aguantaba más, era un juego, el rol sexual que nos distinguía de las demás parejas.
―Cariño te quiero ―me confesó mientras reposaba desnuda en sus brazos.
―Y yo a ti, mi vida ― no pude evitar responder.
―Eli, tengo que confesarte algo.
―Dime.
―En este tiempo que hemos estado separados tuve una relación con otra mujer.
No sabía que decir, esperé en silencio que continuara.
―Intenté olvidarte pero no pude, fue algo sin importancia, no la quería, ni siquiera me gustaba en la cama, no era como tú.
Me sentí utilizada, había usado mi cuerpo para limpiar el rastro de la otra. Razonó una y otra vez que no estábamos juntos, más que convencerme él tuve que convencerme a mí misma que todo era como Adrián lo contaba. Con el tiempo intentó tapar esa fisura con toda clase de mimos, el principio del fin de nuestra época dorada. Conocía mis gustos, me sorprendió llevándome al cine para ver Luna Nueva, recuerdo que a ver Crepúsculo tuve menos que arrastrarlo, pero nos llamó la atención la historia de amor de los protagonistas, éramos Edward y Bella, no podíamos estar separados uno del otro.
Un compañero nuevo de trabajo me invitó un día a tomar café, rechacé la oferta, por supuesto, pero al llegar a casa se lo comenté a Adrián como una anécdota divertida de mi jornada laboral. No imaginé que se pondría hecho un basilisco, tuvimos una fuerte discusión en la que me acusaba de haber incitado al pobre chico, fue la primera de una serie de disputas interminables. A raíz de aquello mi confianza se deterioró, no había fallado nunca, ni con mis sentimientos, ni con mi cuerpo, pero él sí y encima se podía permitir el lujo de acusarme. Descuidé mi aspecto, mis sentimientos cada vez más acotados lo rechazaban, para cuando estrenaron Eclipse, ya no éramos la pareja apasionada que vivía un amor de película. El hecho fortuito de tener el coche encerrado desató su mal carácter, durante una hora intenté calmarlo, hasta que sus improperios se dirigieron a mí, salí del coche sin mirar atrás. Un año después ya no era la misma, un anuncio de Amanecer me hizo recordarlo, en unos meses ya no estaría en cartelera. Fue un día cualquiera cuando nos encontramos,  nos saludamos con cortesía, un simple hola por parte de ambos, y un estamos bien.
―¿Crees que ha pasado el tiempo suficiente como para que lo nuestro se pueda arreglar? ―me preguntó a bocajarro.
Sólo pude responderle: “No vimos Amanecer”; y él lo entendió perfectamente.

domingo, 5 de febrero de 2012

VIDA DE UN OBJETO

No tengo nombre, se me conoce por el modelo Canon Eos 250 y cuando me fabricaron era una de las mejores cámaras fotográficas del mercado.
Un día cualquiera, un chico joven me compró, congeniamos al instante, me trataba como un tesoro y hasta tuvo la paciencia de leer el complicado manual que me acompañaba.
Mi gran estreno llegó con motivo de la exposición de 1992 en Sevilla, ¡qué meses más ajetreados! Pero me gustaba ese ritmo y sobre todo ver las miradas de envidia que nos lanzaban los que se cruzaban con nosotros.
Con el tiempo me encargué de inmortalizar vacaciones, reuniones familiares, fiestas con los amigos… Y yo mostrando orgullosa mi objetivo.
El chico joven dejó de serlo, se casó y como siempre yo fui testigo de sus momentos más importantes. Las primeras Navidades de la nueva familia me llevé la sorpresa más grata de mi vida, abrieron un regalo y ahí estaba él, fue amor a primera vista, sus largas patas, su fuerte soporte, su agilidad para girar… Era el trípode más atractivo que había visto nunca y durante mucho tiempo formamos una buena pareja. Después llegó el tan esperado bebé y allí estábamos mi amado y yo preparados para inmortalizarlo, pero también llegó ella, más nueva, más moderna y con unas cualidades que yo no poseía, grababa y reproducía sin parar, y aunque no podía desplazarme del todo pasé a un segundo plano. No estaba preparada para algo tan cruel como el hecho de tener que compartir a mi trípode, tuve que asimilarlo, era eso o nada. Mi tiempo de esplendor estaba llegando a su fin, me encontraba ante el ocaso de mi existencia.
Igual que había llegado yo, un día cualquiera llegó ella, tan pequeña, tan ligera, tan estética, tan digital. Recuerdo el momento en que metieron mi cuerpo en una caja y me subieron al estante más alto del armario, me dormí recitando aquellos versos: “Del salón en el ángulo oscuro, de su dueño tal vez olvidada…”