martes, 30 de enero de 2018

El castillo es mío




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El profesor se desvió del tema para contar otra de sus múltiples "batallitas". La casualidad quiso que centrara la historia en un pueblo que yo conocía, colindante con el de mis abuelos. Nos habló de la plaza, de los excelentes embutidos, de la estación... Y de pronto, mencionó el castillo, adjudicándolo al lote. Ya iba a corregir su error cuando mi novio puso freno al que podría ser el mío.
- Déjale el castillo, nos ha puesto un diez a cada uno y falta que nos corrija otro examen, ya tendrás tiempo de decirle que el castillo pertenece a tu pueblo, o que lo descubra él, que más da...
Razón no le faltaba, que más me daba a mí lo que pensara del castillo. Cuando publicaron las notas mi novio volvió a sacar un diez, a mí me puso un nueve. Esperaba impaciente la próxima clase, tenía que recuperar un castillo.

lunes, 16 de septiembre de 2013

CLAVOS Y CHINCHETAS



Cuando subí al autobús noté que algo faltaba. ¡Claro, las pantallas estaban apagadas! Resignada a no ser sorprendida con alguna noticia extravagante, vi como ocupaban el asiento contiguo dos jóvenes; una cogió a la otra, colaborando en despejar el escaso espacio. Al principio no presté atención a la conversación que mantenían entre ellas, pero después de escuchar el nombre de Rubén más de cincuenta veces la curiosidad me pudo. Lo que deduje fue que el tal Rubén se había enrollado con una de ellas, la que estaba encima, y se quejaba de que ahora salía con una de sus amigas, a la que culpaba de todo, ya que Rubén era un pobre chico que sucumbió a los encantos de una manipuladora sin escrúpulos que iba robando los ligues a sus amigas. ¡Lo que hay que oír! La respuesta de la otra fue la siguiente:
—Tía, pues ya sabes lo que tienes que hacer, enróllate con su amigo, el que iba detrás de ti el año pasado, que mi abuela siempre dice que un clavo saca otro clavo.
—Ya me enrollé con él, pero fue peor el remedio que la enfermedad. Me dejó tirada y el cabrón no tuvo valor ni para decírmelo a la cara —respondió disgustada.
De pronto, sin darme cuenta, me metí en la conversación.
—Criatura, es que no te buscaste un clavo sino una chincheta, ¿dónde se ha visto que una chincheta saque un clavo?
Me arrepentí de haberlo dicho, pero no podía dar marcha atrás. ¡Ojalá! Me hubiera ahorrado escuchar el nombre de Rubén cincuenta veces más, pero esta vez contándome la agradecida chica su historia con pelos y señales. Tan harta estaba que decidí zanjar la cuestión diciendo:
—Tú no tienes un clavo, tú lo que tienes es una estaca.
—¿Y con qué se saca una estaca? —preguntó la inocente.
Recurrí a la lógica, si un clavo saca otro clavo, ¿una estaca saca otra estaca? Mi parada me salvó de responder, bajé del autobús con dolor de cabeza y la firme convicción de mirar por la ventanilla la próxima vez.

sábado, 22 de junio de 2013

JUSTO AL LADO



Dividían su tiempo libre entre discotecas y páginas de contacto. Él esperaba encontrar una mujer despampanante y ella un hombre del que poder presumir ante sus amigas. Sin saber lo que buscaban se perdieron entre copas y mensajes. Con el tiempo el listón fue bajando impuesto por la insoportable soledad que los acompañaba. Él se fijó en esa compañera anodina que trabajaba en el departamento contiguo: de estatura media, caderas redondeadas, ojos marrones y cabellos castaños. Ella se percató de que el compañero, que de un tiempo a esta parte la observaba, no estaba tan mal: de escaso metro setenta, barriguita cervecera, mirada perspicaz y cabellera inexistente. Se lanzaron a compartir copas y mensajes entre ellos, descubriendo que lo que habían buscado lejos estaba justo al lado y que la mediocridad puede ser a veces extraordinaria.

martes, 14 de mayo de 2013

APRETAR LOS PUÑOS



Mentí cuando dije que me dedicaría a mirar por la ventanilla la próxima vez que subiera al autobús. La pantalla, con esas noticias tan sorprendentes, que se repetían una y otra vez cual mensajes subliminales, me atraía poderosamente. Me llamó la atención aquella que decía: Apretar los puños podría ayudar a fortalecer la memoria. Según un estudio, este sencillo ejercicio estimularía los hemisferios del cerebro. De pronto, sin apenas percatarme, observé mis puños cerrados. Aquello de verdad funcionaba, al instante me recordó que debía cortarme las uñas porque me las estaba clavando y eso duele… ¡Huy, otro recuerdo! Las palabras con que acababa sus frases el personaje de “La Bombi”, interpretado por Fedra Lorente en el Un, dos, tres… Un repentino frenazo impulsó a un chico joven que trataba de aferrarse a la barra para no caer, eso me recordó a “Coco” cuando en Barrio Sésamo explicaba la diferencia entre delante y detrás o arriba y abajo. Pero la dichosa pantallita parecía querer ponerme a prueba, mostró la imagen de una actriz y lanzó la pregunta de: ¿Sabes de quién se trata? ¡Claro, lo tenía en la punta de la lengua! No me salía en ese momento, pensé que sería cosa de apretar más los puños. Apreté tanto que hasta creí oler el humo que salía de mis hemisferios, pero seguía sin acordarme. Dos chicas sentadas en los asientos de atrás la identificaron. Me volví para fijarme directamente en sus manos, estaban abiertas. Como consecuencia de esto no he vuelto a mirar la pantalla cuando voy en autobús, ahora me dedico a mirar por la ventanilla. 

miércoles, 10 de abril de 2013

EL HACHA DE GUERRA





Nos conocimos en unas jornadas sobre botánica. Le encantó descubrir que me gustaba leer novelas románticas, se apuntó a explorar todas y cada una de mis fantasías. Después nos pasamos a la novela negra, creando una atmósfera sentimental de inseguridad y lujuria. Con el tiempo advertí que tenía muy descuidado el jardín, sobre todo el jazmín cuyo crecimiento había superado mis expectativas. Las tijeras de podar ya no tenían nada que hacer, necesitaba como poco un hacha. Coincidió que me regalaron “Cuentos de amor de locura y de muerte” de Horacio Quiroga, pocos días antes de que le pidiera prestada el hacha a mi novio. Nunca llegué a entender que desapareciera de mi vida inesperadamente.

martes, 19 de marzo de 2013

UN PROBLEMA DE BOLAS




Seguramente Maruja sea una de las pocas amas de casa, cuarentona, que todavía no ha leído “Cincuenta sombras de Grey”. Ahora que los juguetes sexuales están de moda, las empresas que los comercializan quieren saber qué tipo de clientes adquieren sus productos, para ello recurren a las encuestas. Tell me se encarga de organizar las sesiones donde los encuestados debaten sobre un determinado artículo, después los gratifica económicamente por su tiempo ya que suelen durar entre cuatro y cinco horas. En el caso de las bolas chinas decidieron entregar a cada sujeto una caja, debían probarlo durante unos días en sus casas y después acudir a la reunión prevista para el próximo jueves a las cuatro en punto de la tarde.

Lunes
Maruja llega a su casa contenta, en esta ocasión los de las encuestas le han regalado el producto para que lo pruebe. Se sienta en el sofá y abre la caja. Dos bolas rosas, unidas por una cinta del mismo color, aparecen ante sus ojos. El rosa no es un color que le guste especialmente, además no hace juego con su ropa. Pasa la mano por la cinta y se la coloca en la muñeca, pesa mucho para ser una pulsera, pero decide dejársela puesta un rato.

Martes
Maruja compra en la farmacia una venda elástica para la muñeca, después vuelve a casa y se dispone a preparar una empanada de atún. Con el rodillo en la mano, preparada para estirar la masa, cae en la cuenta de que las bolas deben tener un uso culinario. Con una mano en cada bola intenta extender la masa. La empanada presenta un aspecto raro, pero a su marido le gusta.

Miércoles
Maruja vuelve a fregar las bolas para que no queden restos, de la masa del día anterior, entre las cuerdas. Como pesan y no hacen nada, decide que las bolas son un simple objeto de adorno, así que las coloca en el mueble del recibidor. Cuando su marido entra en casa y las ve se alegra de tener una esposa tan atrevida. Le propone usarlas esa noche, pero ella está tan cansada que cuando él llega al dormitorio, cubierto únicamente con el tanga de leopardo y blandiendo las bolas chinas en la mano, ya está dormida.

Jueves
Maruja busca las bolas por toda la casa, finalmente las encuentra tiradas junto al tanga de su marido. ¿Pero qué habrá estado haciendo este hombre con las bolas? piensa apurada. A las cuatro en punto comienza la reunión. Les piden que apunten qué les han parecido las bolas chinas, para leer al final de la sesión la impresión que traían cuando llegaron y evalúen los conocimientos adquiridos durante el debate. Maruja escribe: A mí no me han sido de mucha utilidad, pero a mi marido le han encantado, esta mañana aparecieron en el baño junto a su ropa interior.

lunes, 25 de febrero de 2013

EL RÉCORD



Primero fue una débil sonrisa, preludio de una incipiente carcajada que amenazaba con explotar en cualquier momento. Las muecas se sucedían mientras evitaba soltar la risa. Una risa contenida, reforzada por inoportuna y por manifestarse en circunstancias y lugar inapropiados. Al final estallé. La señora sentada a mi lado me miró con mala cara, lógico. Menos mal que el autobús no estaba abarrotado, aun así me convertí en el centro de atención de los presentes. Lo malo fue que cuando me estaba calmando, volví a mirar la pantalla. Allí estaba otra vez la noticia, que sin ser graciosa en sí misma, más bien al contrario, derivó mi imaginación a visiones surrealistas. Decía así: En Elvintong Airfiel (Reino Unido), Ray Biddis batió el récord de velocidad en moto funeraria. De nuevo pasó ante mis ojos la comitiva corriendo detrás de la moto, para no perder de vista el ataúd y llegar a tiempo al entierro supongo. Como consecuencia de esto no he vuelto a mirar la pantalla cuando voy en autobús, ahora me dedico a mirar por la ventanilla.

domingo, 27 de enero de 2013

SEÑAL 26


Salió a la calle como cada día, dejándose envolver por la rutinaria tarea de repartir propaganda. Alcanzaba la edad de cincuenta años y por primera vez en mucho tiempo experimentaba un ápice de felicidad, la que le proporcionaba el escaso salario al final de la jornada. Sonreía cada vez que recordaba la cara de estupefacción del jefe cuando hizo el pino en el despacho, pero ante tanto candidato joven no le quedaban más opciones. Y por ahí andaba, pateando las calles desde otro punto de vista, para no descolocarse en el sinsentido del organigrama social.
Justo cruzaba la carretera cuando una señora de edad avanzada se acercó a él.
—Oiga, el número veintiséis de esta avenida ¿a qué altura queda?
—Pues no puedo decirle señora, no lo sé —mintió, le molestó el hecho de que lo abordara en el paso peatonal cuando el semáforo estaba a punto de cambiar.
Continuó su rutinaria labor, adentrándose poco a poco en el sórdido cansancio acumulado a fuerza de insistir en su desgana. Cualquier calle daba igual, todas significaban lo mismo, en una de esas se le acercó un hombre.
—¿Podría decirme dónde queda el número veintiséis de esta calle? —le preguntó amablemente.
—Enfrente, tiene que cruzar.
—Muchas gracias —Y se alejó siguiendo sus indicaciones.
No dio importancia al hecho hasta que en una nueva avenida una madre llevando a su hijo de la mano le volvió a preguntar por el número veintiséis. Tres veces ese número. Sacó el móvil y llamó a su mujer para contárselo pero nadie atendió la llamada. Contactó con el buzón de voz porque tenía varias llamadas perdidas.
“Tiene veintiséis mensajes nuevos” le comunicó la voz mecanizada.
Los primeros mensajes no dejaron recado alguno; otros no decían nada interesante; una oferta le ofrecía mejorar su línea al precio de veintiséis euros. ¿Por qué hoy todo giraba en torno a ese número? En el último mensaje se escuchó la voz de su jefe notificándole que a partir de mañana prescindirían de sus servicios; directo y conciso, pero no por ello menos crudo.
Cruzó la calle sin mirar, lo último que vio antes de cerrar los ojos fue el número del autobús de línea que lo había atropellado, el seis, parpadeando, intentando recomponerse. Extenuado aún pudo oír un último comentario: “Ha sido el veintiséis”. Abrió los ojos para comprobarlo, el número había dejado de parpadear y efectivamente se trataba del veintiséis. Un veintiséis grande, de color verde, que le arrancó una sonrisa irónica antes de cesar su camino.

viernes, 4 de enero de 2013

EL ENCUENTRO




Coincidieron después de tres años, cada uno con sus respectivas parejas. Él jugaba con su chica a ver cuál de los dos hacía más carantoñas al otro. Ella mantenía guardada la pasión que únicamente dejaba salir en el momento oportuno, mientras paseaba al lado de su chico. No intercambiaron palabras, sólo miradas.
Al día siguiente, él terminó con su chica. Ella, en cambio, continuó su relación. Hasta que una noche cualquiera, a una hora inesperada sonó el teléfono. Era él, llamándola  para decirle que la amaba, que por mucho que lo intentara no podía amar a otra como la había amado a ella. Y ella no colgó, se dejó envolver por el sonido de su voz.

martes, 13 de noviembre de 2012

A RITMO DE TANGO



Desde el más discreto rincón observaba a los bailarines. El olor a polvo de talco, con el que habían espolvoreado la pista, llegaba lejano y agradable. La tenue iluminación propiciaba los rostros muy juntos y los torsos pegados, en un maravilloso juego de cintura y piernas, deslizándose las parejas en el sentido contrario a las agujas del reloj.
Entonces llegó él, seguro, ecuánime, con su habitual traje negro. Una hermosa joven le tendió la mano, él la acercó con un único movimiento a su cuerpo. Ocuparon el centro de la pista y todos, absolutamente todos, los ojos se posaron en ellos. La envidia se mezclaba con la admiración que sentía por la bailarina, me hubiera gustado ser yo la que girara entre sus brazos.
Después de las tres tandas de rigor, se despidieron con un único beso en la mejilla. Igual que un cazador seleccionando a su presa, el hombre buscaba una nueva pareja de baile. Su mirada se posó directamente en mí. Con cualquier otro la hubiera evitado, pero me tenía tan fascinada, tan embelesada, que no desvié mis ojos de los suyos. Agachó la cabeza en una muda petición que yo acepté. Se acercó lentamente, sin prisas, favoreciendo la tensión del encuentro. Me tomó de la mano para conducirme al centro de la pista, nunca antes había ocupado ese lugar, no me consideraba una bailarina muy ducha. Pero con él nada parecía imposible. En cuanto me tomó en sus brazos me perdí en la suavidad de su tacto y el aroma de su piel. Me llevaba como nunca lo había hecho nadie, incluso llegué a creer que sabía bailar, como cualquiera de las chicas que acudían a la milonga. No bailamos sólo tres tandas, el resto de la noche se rindió a nuestro encuentro; continuamos en horizontal, descubriendo y ensayando nuevos pasos que nos conducían a paraísos de placer…

No recordaba haber experimentado un sueño tan vívido. Despertó feliz, ilusionada. Lo primero que hizo fue rescatar de la papelera el folleto de la academia de baile. Al salir del trabajo se personó en la misma para formalizar su matrícula. El profesor de tango se acercó lentamente a ella, seguro, sin prisas, con camisa y pantalones negros, mostrando una irresistible sonrisa. “Una nueva alumna”, pensó él. “El hombre de mis sueños”, pensó ella.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

CON UN PAR DE BOTAS



Llevaba media hora sin decidirse. La dependienta le había mostrado varios pares de botas, encantada de coquetear con un cliente tan atractivo. Yo los observaba, él pedía mi opinión con cada par nuevo. En el momento que se agachó, poniéndole el escote a la altura de los ojos, tomé cartas en el asunto. Acerqué mis labios a los suyos y lo besé, dejando bien claro quién era su chica. Ella desistió y se dedicó a obsequiar a otros clientes. Él, después de unos minutos, escogió por fin las que más me gustaban.
―Disculpa, ¿qué te parecen estas botas? ―me preguntó una joven.
―No trabajo aquí ―le expliqué sonriendo.
―Lo sé, pero he visto las que llevas puesta y creo que tienes muy buen gusto ―decía esto mientras miraba a mi pareja.
―Me parecen bien, las puedes combinar tanto con algo corto como con vaqueros.
―Muchas gracias, me las llevo entonces, sólo quedan dos pares y he tenido suerte de que este me quede bien ―Metió las botas en una caja y la apoyó junto a otras mientras se calzaba, pero al irse cogió la que estaba justo al lado.
Pasó tan rápido que la intenté avisar pero no me dio tiempo. Los vi haciendo cola para pagar, él le había cedido el turno, ella muy pegada se lo agradecía. Cuando se dio cuenta de su error quiso rectificar, ya era tarde, decidí salir de allí con un par de botas

lunes, 22 de octubre de 2012

GIGOLÓ



Pasó directamente al dormitorio, amplio aunque recargado. Ofrecía una agradable penumbra, en contraste con el desagradable olor del ambientador. La música lo invitaba a desnudarse, trató de seguir el ritmo. Nunca se le dio bien bailar pero por trescientos euros valía la pena intentarlo. Por supuesto, en el precio iban incluidos otro tipo de servicios, aunque a estas alturas empezaba a dudar si podría realizarlos. Su cuerpo no respondía. Miró de nuevo a la mujer que, con mirada lujuriosa y febril ansiedad, esperaba que él se acercara para poseerla. No podía. Su aspecto, su risa, su perfume enervante y su crepúsculo vital lo hacían retraerse. Pensó en el trabajo que realizaba cada día, el sueldo miserable, las horas robadas al sueño, el jefe gritando por cualquier cosa… Y la chica nueva, tan joven y bonita. Volvió a la realidad y decidió salir de allí, no estaba preparado para un cambio de vida tan radical, no todavía.

sábado, 16 de junio de 2012

LA PETICIÓN


El timbre sonó y poco a poco los alumnos fueron abandonando el aula, todos menos uno que se quedó sentado esperando que la profesora reparara en su presencia.
―¿Te ocurre algo? ―le preguntó preocupada.
―Señorita Eli, tengo que decirte una cosa ―su tono pretendía ser neutro pero el movimiento de sus manos, apretándose una contra otra, delataban su estado.
―Por supuesto  ―dijo solícita mientras acercaba una silla y se sentaba a su lado.
            Pedro estaba inmóvil mirando al frente, abría y cerraba la boca pero no salía sonido alguno, tenía algo que decir pero no sabía cómo.
―Señorita Eli, tú sabes cuánto te queremos todos. Tú nos ayudas, nos enseñas… Te tenemos confianza.
―Lo sé, y en nombre de esa confianza que dices que me tienes habla sin miedo.
―Vale, ¡uf!, verás, llevamos todo el curso preguntándonos cosas sobre ti, sobre tu vida, tu edad...
―Eso es natural ―interrumpió Eli esbozando una sonrisa―, cuando se pasa mucho tiempo con una persona pueden pasar dos cosas: que la admires y te importe y por eso quieras saber cosas sobre ella; o que te caiga mal y no quieras ni hablarle. Yo me siento halagada por ese sentimiento que dices que despierto entre vosotros.
―Y mucha curiosidad ―continuó machacón Pedro.
―Pues no es para tanto, tengo veintiocho años, vivo con mis padres, os doy clases y esa es toda mi vida.
―Ya señorita Eli, pero tendrás sentimientos, deseos…
―No sé exactamente a que te refieres, estoy satisfecha con mi trabajo y en general con mi vida.
―Pero una persona no puede estar sola siempre, necesita una pareja, alguien en quien confiar  y con quien compartir su vida.
―A ver ―le dijo mientras sonreía―,  me parece que estás soltando todo este discurso para decirme que te gusta una chica.
―Vale, algo de eso hay, ¡uf!, pero no quiero hablar de mí sino de ti.
―Y eso, ¿por qué?
―Porque quiero pedirte algo, ¡uf!, no sé cómo hacerlo y necesito conocerte un poco mejor antes de lanzarme.
―Pues suéltalo cuanto antes. Dejarás de estar nervioso y yo podré saber por fin de qué se trata.
            Eli estaba totalmente desconcertada, por el camino que iba el chico parecía que su intención era declararse, y aunque la idea en sí ya era bastante disparatada, con los adolescentes, por el mero hecho de serlo, había que ir con pies de plomo.
―Tú nos hablas de historia, guerras, relaciones… Todas esas cosas que cuentan los libro, ¡uf!, pero nosotros queremos que nos hables de amor.
―Pedro, el amor es algo particular y privado que cada persona vive y siente de una manera diferente.
―Sí, ¡uf!, seguramente tienes razón, pero a mi edad la mayoría de los chicos han visto el amor…
―Pedro, el amor no se ve, se siente ―le explicó ya verdaderamente preocupada.
―¡Uf! Los que tengan la suerte de sentirlo, los que son como mis compañeros y como yo puede que no lo conozcamos nunca.
―¿Y cuál crees tú que es la solución? ―deseaba escapar cuanto antes, se sentía agobiada.
―La solución es que las personas cercanas nos ayuden y lo que es normal para los demás lo sea para nosotros.
―¿Y qué cosa en concreto piensas que no puedes hacer con normalidad?
―¡Uf! Elegir una película.
            Los dos guardaron silencio, Eli observaba a Pedro mientras este miraba al frente deseando soltar las palabras que se le atragantaban.
―Señorita Eli, quiero pedirte en nombre de la clase si podemos traer una película para que nos la audio describas.
―¡Claro que sí! ―respondió contenta mientras respiraba tranquila, ¡pobre chico!, la que había liado para decir que quería poner una película.
―Pero la que nosotros queramos.
―Vosotros mandáis.
―Señorita Eli, queremos que nos audio describas “Emmanuel”.

miércoles, 23 de mayo de 2012

COSAS QUE PASAN



―Pase por aquí, por favor ―señaló el agente mientras lo tomaba del brazo y lo conducía a la sala de interrogatorios.
―Lo hemos traído para que nos cuente qué sucedió ―puntualizó otro agente una vez el presunto estuvo acomodado.
―No lo entenderían ―les espetó el detenido.
―Pruebe a ver, se sorprendería de las cosas que podemos entender ―habló uno de los policías en nombre de su compañero y de él―. Díganos su nombre en primer lugar.
―Me llamo Pedro y estoy aquí porque piensan que maté a María.
―¿Lo hizo? ―el tono intentaba camuflar un brote irónico.
―María me engañaba, estábamos en casa y no paraba de hacer cosas. Todo el tiempo de un lado a otro. La luz del contestador parpadeando me estaba poniendo nervioso y ella lo miraba. Sé que lo miraba. La vi como lo miraba por el rabillo del ojo. Tuve que gritar para que presionara el botón. Noté el miedo en sus ojos y después alegría cuando la voz del mensaje le dijo que estaba admitida, ¡qué estupidez! ¡Cómo si no supiera que todo era un código entre ellos!
―¿Qué decía exactamente el mensaje?
―Que María estaba admitida como secretaria, que él la atendió esa mañana y que le había causado muy buena impresión, cómo si yo no supiera el tipo de impresión al que se refería.
―¿Qué hizo usted después? ―prosiguió el agente interrogando.
―No es lo que hice después es lo que pasó antes.
―Bueno pues cuéntenos todo lo que pasó antes ―intervino el compañero.
―La acompañé a la consulta, tenía cita para recoger unos resultados, y cuando el doctor le dijo que estaba todo bien, que sólo sería necesaria una pequeña intervención quirúrgica, la muy descarada lo abrazó. Allí mismo, delante de mí.
―A su mujer se le diagnosticó un fibroma mamario, lo hemos investigado.
―No sé lo que es eso, no me dijo nada al respecto. Pero estuve con ella en una empresa en la que se suponía que iban a entrevistarla, ¿y qué creen que pasó cuando salió del despacho? ―Los dos agentes permanecieron en silencio esperando que el acusado continuara. ―Había roto la pulsera que le regalé por nuestro primer aniversario, a saber qué hicieron allí dentro para llegar a eso.
―Seguramente la rompió ella misma, estaría nerviosa por la entrevista de trabajo.
―La acompañé todo el tiempo, fuimos en metro al centro de la ciudad, nosotros que vivimos en las afueras, todo porque me dijo que quería su espacio, que necesitaba trabajar, como si yo no la mantuviera como una reina…
―Tenemos los resultados de unas radiografías que le realizaron hace unos meses y presenta varias fracturas óseas, si no se dedicaba al boxeo, explíquenos de dónde salieron esas fracturas ―apremió uno de los agentes.
―Era muy despistada, Esa misma mañana no sonó el despertador, cuando abrió los ojos y miró la hora, saltó de la cama y resbaló golpeándose con la mesita de noche, después tuvo que ponerse tanto maquillaje que parecía una payasa.
―Nos gustaría que fuera al grano. ¿Por qué la mató? ―Los agentes no querían alargar el interrogatorio más de lo necesario.
―¿Saben lo que hizo cuando escuchó el mensaje del contestador?
―Sí, hemos visto la maleta preparada y la nota: “Hasta nunca Pedro” ―citó textualmente el agente―. ¿Se marchaba de casa? ¿Lo iba a abandonar? ¿Ese fue el motivo?
―Ojalá se hubiera ido, pero no. María era muy retorcida, llenó la maleta con mi ropa, me echaba de casa.
―¿Por eso la empujó hasta tirarla por la ventana?
―¿Qué otra cosa podía hacer? Ella quería echarme, abandonarme a mi suerte, actué en defensa propia.
―¿Creyó que lo tomaríamos por un accidente, verdad?
―Todo iba bien, ¿cómo lo supieron?
―María nos lo ha contado. Viven en un segundo piso, milagrosamente se ha salvado. Va a tener suerte, no lo van a condenar por asesinato.
―Pero perderé mi libertad ―expresó lastimeramente, consciente de su verdadera situación.
―No se engañe, nunca fue libre, siempre estuvo preso de sus demonios.

miércoles, 2 de mayo de 2012

LA NOCHE DEL ACERTIJO (2ª parte)



A las cuatro y media de la mañana nuestras deducciones nos llevaron a la conclusión de que debía llevar más o menos un año muerta, teniendo en cuenta que el hotel no contaba con la antigüedad suficiente (hacía apenas dos años que fue abierto al público). Pero la luz nos desconcertaba, en qué luz debíamos fijarnos. Las cinco o seis copas que tomó mi nuevo amigo no facilitaron la tarea, pasaba el tiempo sin que su razonamiento le llevara a ninguna conclusión. Al fin y al cabo yo sólo era una ayuda bien avenida pero el que se jugaba la vida era él.
            A las cinco decidió volver a la habitación, pensó que allí, tal vez, podría inspirarse. Con cierta aprensión lo acompañé dentro. Era una suite doble, con un lujo ostentoso, unas vistas magníficas de la fauna marina y un mecanismo que realizaba tareas a través de la voz. Para encender las luces, o marcaba un código o lo pronunciaba en voz alta: “220-1”, para correr las cortinas:”220-2”, para acceder al mini-bar que salía de una de las paredes:”220-3”…
―¡Claro! ¿Cómo no lo hemos visto antes? ―miró en todas direcciones como alucinando ―. Está aquí, sólo hay que decir el código. Está en una de estas paredes, sólo hay que abrirla con el código.
            Pensé que se había vuelto loco, ¿qué código? Vi cómo tecleaba en el ordenador portátil buscando la solución: 9.454.254.955.488 fue la respuesta. Había unido las palabras año y luz de las frases que le diera el fantasma, el código eran los km que había en un año luz, sólo tenía que pronunciarlo y la maldición o lo que fuera desaparecería. A escasos segundos de la hora señalada mi amigo pronunció esta cantidad.
            Sir Jeremy murió repentinamente a las seis en punto de la mañana. Si piensas que no era esa la solución te equivocas, la respuesta era correcta, el error lo cometió al leer la cantidad, no supo hacerlo correctamente, la impaciencia, los nervios, el alcohol y el miedo, no lo ayudaron. Bastaba con decir nueve billones, cuatrocientos cincuenta y cuatro mil doscientos cincuenta y cuatro millones, novecientos cincuenta y cinco mil cuatrocientos ochenta y ocho. Una noche entré en la habitación, no me preguntes cómo, y pronuncié la cantidad correctamente, alto y claro. De una pared giratoria salió un cadáver descompuesto, el cadáver de la esposa de uno de los accionistas que en su día controlaba el hotel, repentinamente vendió sus acciones y nunca más se supo de su paradero. El fantasma ya podía descansar en paz y mi amigo Jeremy supongo que también.

sábado, 21 de abril de 2012

LA NOCHE DEL ACERTIJO (1ª parte)




            Me encontraba alojado en el Hotel Hydropolis, el primer hotel submarino dotado de toda clase de lujos; y no por placer precisamente, pues los accionistas habían decidido contar con mi experiencia como biólogo marino.  La primavera en Dubái se presentaba bastante calurosa, la afluencia de clientes obligó a ocupar todas las habitaciones, incluida la 220, la “habitación maldita”, como solían llamarla todos. La primera y única vez que fue ocupada se encontró al huésped tendido en la cama, sin vida. El forense diagnosticó, como causa probable de la muerte, el miedo. Desde entonces se venía especulando con la idea de que la habitación estaba encantada, y que espíritus del más allá poseían a todo el que la habitaba. Algo difícil de creer para un hombre de ciencias como yo. El afortunado en ocuparla, por la módica cantidad de quince mil euros diarios, fue sir Jeremy Brown, un caballero inglés, alto, enjuto, de rostro inexpresivo y modales exquisitos.  Habíamos llegado a la par, pues por cuestiones que no interesan a nadie, excepto a mí, salí del hotel; lo vi en la entrada, todavía en tierra firme, esperando coger el tren que nos llevaría por un túnel hasta la recepción. Allí lo esperaban, el botones se encargó del equipaje y la recepcionista le entregó un sobre que contenía todas las claves para acceder a los servicios que prestaban, podía elegir entre introducir los códigos o decirlos de viva voz directamente.
A las seis en punto introdujo un código de voz para desbloquear la puerta de acceso a la habitación y poder franquear la entrada. Yo ocupaba la habitación 218, cuya puerta quedaba justo enfrente.
            A las siete en punto salió de la habitación para cenar en el restaurante. Estaba embelesado con las vistas que ofrecían los enormes ventanales situados en los pasillos, 260 hectáreas dedicadas al mundo submarino con especies únicas de colores inimaginables. Después de una copiosa cena se dirigió de nuevo a su habitación. Una de mis aficiones era fijarme en las personas y adivinar cómo eran por su lenguaje corporal. De sir Jeremy deduje que era un tipo ecuánime, introvertido y maniático.
            A estas alturas te preguntarás porqué estaba tan pendiente de este hombre, pues por la sencilla razón de que ocupaba la “habitación maldita”  y, aunque me consideraba un escéptico para estos temas, no podía evitar que la curiosidad o el morbo, llámalo como quieras, poseyeran mi razón en contadas ocasiones. Fue por esto que lo vigilé desde su llegada. Esperaba impaciente el desarrollo de los acontecimientos.
            A las diez  y veinticinco minutos salió otra vez de la habitación, algo había sucedido allí dentro, sir Jeremy estaba pálido, el nudo de su corbata torcido, no caminaba en línea recta y pasó sin echar un vistazo al espectáculo marino que se le ofrecía. Lo seguí hasta el bar, pidió un whisky que tomó de un solo trago, a una señal, el camarero volvió a servirle otro. Tal vez pensaba ahogar en el alcohol lo sucedido. Lo abordé sin pensarlo, pero es que suelo ser bastante directo.
―¿Se encuentra usted bien? ―solícito me acomodé a su lado.
―¿Cree usted en el más allá, en la vida después de la muerte? ―por lo visto él era más directo que yo, me sorprendió tanto la pregunta que no supe qué contestar ―. Creo que la muerte puede marcar el descanso de las almas ―continuó hablando mientras miraba al frente,  a un punto inexistente ―. Una de estas pobres almas me ha pedido que la libere.
―¿Aceptó hacerlo? ―la curiosidad me estaba matando, tenía tantísimas preguntas que hacer, que no hubiera bastado toda una noche para formularlas y obtener respuestas.
―¿Realmente tenía elección? ―Tras un incómodo silencio en el que apuró su copa y volvió a pedir otra que empezó a beber con la misma avidez, me miró fijamente a los ojos ―. ¿Me ayudaría usted?
―Por supuesto ―No tuve que pensarlo, estaba ansioso por ayudar tanto a un hombre que había vivido una experiencia paranormal, como a un hombre que podía estar al borde de la locura.
            Con una escueta explicación de los hechos, en los que una especie de ectoplasma le había hablado, me puso al corriente. El cuerpo del fantasma estaba escondido en la habitación 220, era una mujer joven a la que su esposo dio muerte, quería venganza y que su historia saliera a la luz. Pero se nos planteaban dos problemas,  por una parte debíamos resolver un acertijo; y por otra, sólo teníamos hasta el alba, sir Jeremy perdería la vida en caso de que no se resolviera, era el precio que tenía que pagar por haber alterado el descanso de los muertos. El reloj marcaba las dos y cuarto de la madrugada, contábamos con escasamente cuatro horas hasta que amaneciera y dos frases que una voz de ultratumba dejó flotando en la habitación: “Pasó hace un año” y “Fíjate en la luz”.

jueves, 12 de abril de 2012

CUESTIÓN DE SEXO


Allí tenía a Gloria, desnuda y dispuesta para él. Pero Martín amaba a Rita, la mujer por la que había abandonado los votos que un día hiciera a Dios. Su relación con Rita iba cada vez mejor, no sólo la amaba, la adoraba. Había llegado el momento de dar un paso más, de culminar sus sentimientos tanto con sus almas como con sus cuerpos. La presión era enorme, no había estado nunca con una mujer y Rita tenía bastante experiencia, una mujer tan bella, con ese cuerpo de curvas perfectas, esos labios dulces, esos ojos rasgados… No le importaba cuantos hombres pudieron disfrutarla, pero sí ser el último que lo hiciera. Gloria le ayudaría, no le pesaba haber gastado parte de sus ahorros en ella.
Tumbada en la cama lo esperaba Gloria. Después de haber visionado varias películas eróticas, desechó las porno por herir su arraigada sensibilidad, decidió poner en práctica lo que había aprendido. Untó con nata la comisura de los labios de Gloria y pasó la punta de la lengua con cuidado, mientras que con las yemas de los dedos le acariciaba el cuello, los hombros y los brazos hasta llegar a las manos. Ella permanecía quieta, dejándose hacer. Los preliminares tenían que ser perfectos, no quería perderse ni un centímetro de su piel, la recorrería toda, el sólo hecho de pensar hacerle eso a Rita le provocó una erección. Trazó un camino de besos húmedos, desde el cuello hasta los pechos, dibujando la redondez de su volumen con la lengua. Se detuvo bastante tiempo en los pezones, primero succionó uno y después el otro, mientras que sus manos recorrían la longitud de sus piernas. Bajó muy despacio por la planicie de su vientre hasta llegar al centro de su femineidad, lamiendo una y otra vez, preparándola para recibirlo. La penetró lenta y profundamente. Emprendió un ritmo acorde a sus necesidades, tenía que aguantar, hacer que ella se sintiera satisfecha. Minutos después no pudo más, el clímax llegó, temblando dejó caer su peso sobre Gloria. La miró agradecido, era la primera vez que la usaba y la experiencia había sido muy satisfactoria. Cogió las toallitas húmedas que guardaba en la mesita de noche y la limpió con mucho cuidado. Después, abrió una de las puertas del armario y la metió dentro, presionando para que no saliera, no quería desinflarla, no todavía, y menos después de lo que habían compartido.


jueves, 5 de abril de 2012

MIENTRAS TE ESPERO




En brazos de la oscuridad te espero, mis ojos pasean por la habitación mirando sin ver. Ahora no consigo despejar la mente, la noto saturada y vacía, te necesito tanto… Apoyada en el cabecero de la cama sigo esperándote, el ordenador en mis piernas cruzadas y la tenue luz que desprende la pantalla crean el ambiente propicio para tu llegada. Te fundirás conmigo y seremos uno. Alimentando mis fantasías creceremos. Con pasos silenciosos te acercas, por fin estás aquí. Unas veces te demoras más que otras pero lo importante es que nunca me abandonas. Así llega hoy mi inspiración.


jueves, 22 de marzo de 2012

EL VIAJE



            Subí al autobús el primero. Desde mi posición pude observar como diferentes personas iban ocupando sus respectivos asientos. No éramos muchos, quince en total. El lugar al que nos dirigíamos estaba poco habitado, un pueblo perdido entre montañas que no aparecía en la mayoría de los mapas. Recordaba haber realizado el mismo viaje varias veces al año en la misma línea y a la misma hora.
            Observé con detenimiento al conductor, unas gotas de sudor recorrían su frente a pesar de estar el aire acondicionado puesto. Me fijé en una pareja de ancianos que no paraban de discutir. Una madre debía contar una historia muy interesante a su hija porque la niña la miraba embelesada. Tres jóvenes discutían acaloradamente de fútbol mientras que las tres chicas que los acompañaban hablaban entre ellas amistosamente. Un matrimonio de mediana edad, sentados en primera fila, intentaba charlar con el conductor en tanto arrancaba el vehículo. Y ella. Siempre ella. Allí sentada. Con la cabeza vuelta a la ventanilla y la mirada perdida en el horizonte.
            El viaje transcurrió tranquilo y lento. Sólo faltaban unos kilómetros para llegar a nuestro destino, siempre y cuando cruzáramos con éxito un tramo peligroso al que llamaban “la cañada de la muerte”. Muchas personas habían fallecido allí, de ahí su nombre. Estábamos justo atravesándolo cuando un grito desgarrador salió de la garganta del conductor: “¡Otra vez no! Fue cuando ella se levantó y me tomó de la mano diciendo: “Vamos mi amor, ya hemos visto esto demasiadas veces“. No sé donde me encontraba, en el autobús no, éste yacía despeñado con trece pasajeros muertos, los únicos que adquirieron sus billetes.

miércoles, 14 de marzo de 2012

EL EQUÍVOCO CONCEPTO DE NORMALIDAD



No finalicé mi relación con Marcelino porque dejara de amarlo. Ni por su escatológica profesión, trabaja en una funeraria. Lo hice porque dejé de considerarlo normal cuando me propuso realizar una de sus fantasías sexuales. Hacía poco la empresa había adquirido un nuevo coche fúnebre y a él no se le ocurrió otra cosa que proponerme “estrenarlo”. Tan pesado se puso que en un arranque le dije: “Ahí te quedas”; de esto hace un año ya.
Después de estar con un chico que no pasaba desapercibido, que no llegaba al metro noventa porque le faltaban tres centímetros, que no lo elegían rostro del año porque no era famoso y que no necesitaba ir al gimnasio porque su tipo era envidiable, lo tenía complicado para encontrar a alguien que estuviera a la altura de mis expectativas. Inmersa en esta particular búsqueda apareció Abel, la antítesis de Marcelino, pero el contraste de carácter: tan dulce, tan atento y tan normalito, abrió un dique en mis sentimientos. Tras varias citas había llegado el momento de culminar nuestro affaire.
Me invitó a su casa con la excusa de preparar la cena. Elegí cuidadosamente mi indumentaria, sobre todo la lencería. Con ayuda del GPS llegué a una urbanización en las afueras. La ausencia de farolas me obligó a sacar una pequeña linterna abandonada en la guantera. Busqué el número trece, pulsé el timbre y esperé dando pequeños saltitos, en uno de ellos mi única iluminación salió disparada. Al agacharme para cogerla se abrió la puerta, encontré los intensos ojos verdes de un gato negro a la altura de los míos. Me incorporé tan rápido y con tan mala suerte que impacté contra Abel.
―¡Ay! ―se frotaba la frente.
―Lo siento, fui a recoger la linterna y el gato me asustó, y… Déjame ver ―solícita lo acerqué a la luz para ver si estaba herido.―No tienes nada pero si quieres ponemos hielo para que no se hinche.
―No te preocupes, exageré un poquito porque me gusta que me cuides.
Sonreí. Él se acercó, tomó mi rostro entre sus manos y me besó dulcemente pero enseguida nos encendimos. El beso se hizo más profundo, las manos empezaron a recorrer los cuerpos y la pasión desbordó nuestra serenidad. Le quité la camisa y lo empujé contra la pared mientras él desabrochaba mi blusa.
―Aquí no, vámonos a la cama ―me susurró al oído mientras dibujaba mi oreja con su lengua.
Sin despegarnos recorrimos un largo pasillo hasta llegar al dormitorio. Nos dejamos caer en la cama en una oscuridad total. Abel, a tientas, sacó un mechero y encendió dos velas. Fue cuando lo vi, un enorme crucifijo negro colgaba de la pared, justo encima del cabecero de la cama, con dos largas cadenas colgando.
―¿Y eso? ¿Atas a tus amantes al cabecero? ―bromeé.
―Alguna me lo ha pedido, pero no. Podría caerse la cruz.
Recordé el cuadro del dormitorio de Marcelino: “El sueño de la esposa del pescador”, donde una mujer desnuda era excitada por un pulpo. Lo raro que me pareció en su día y ahora el crucifijo superaba esa sensación.
De pronto me fijé en un enorme ángel, casi a tamaño real, que nos miraba desde la pared de enfrente, con sus enormes alas desplegadas y muy bien dotado, no podía dejar de mirar sus atributos. Todo esto mientras Abel se deshacía de la ropa.
―¿Eres muy religioso, no? ―Intenté conocerlo mejor antes de precipitarme a una relación más íntima.
―Sí, pero no te preocupes, no creo que sea pecado lo que estamos haciendo ―susurró.
El contraste de luces y sombras no me dejaba observar todos los adornos de la habitación. Un cuadro me llamó la atención, enfoqué todo lo que pude y vi enmarcados dos pequeños trajecitos. Parecían de época, de ambos sexos.
―¡Qué original! ―exclamé ya un poco agobiada―. ¿Los has puesto ahí porque le quedan pequeños al ángel? ―mientras preguntaba señalaba la enorme figura.
―No, los tengo de recuerdo. Eran para mí.
―¿Para ti? Te lo pusieron de pequeñito.
―No, tuve suerte, estaban diseñados para los bebés que nacían muertos, les ponían esos trajes y les sacaban fotos.
Por primera vez comprendí lo que significaba que algo te diera malas vibraciones. Hay momentos y situaciones en las que es mejor no preguntar y no saber. La tenue iluminación no me permitía ver nada más, hecho que agradecí profundamente. Con la libido por los suelos salí de allí como pude. Recordé a Marcelino, tal vez lo del coche fúnebre no fuera tan raro.